Familia numerosa«Me produce una gran pesar el hecho de ser testigo, una y otra vez, de los comentarios humillantes y miradas de desaprobación que sufren, una y otra vez, mis amigas embarazadas de su cuarto o sexto hijo. Hace no demasiados años, el hecho de que una nueva vida comenzara a gestarse, era percibido como un motivo de esperanza, como un acontecimiento que engrandecía a la propia mujer, como un bien para la sociedad en su conjunto

Así se refiere Susana Álvarez, en el artículo que hoy publica Análisis Digital, a la profunda mentalidad antinatalista que en los últimos años se ha instalado de manera agresiva en la sociedad española. Una mentalidad sustentada en el pensamiento único, cuya embestida se radicaliza aun más si cabe con el nuevo adoctrinamiento sexual en las escuelas que incorpora la Ley del Aborto. «(…) Esta Ley del horror -escribe Susana Álvarez-  que nos han colado así como de incógnito, sin haber sido demandada ni anunciada, (…) de forma velada, pero consciente y premeditada, lanzará su furia aniquiladora también contra las conciencias de nuestros hijos, que deberán estudiarla como materia obligatoria.»

Reproducimos por su interés el texto íntegro del referido artículo.

Sobre la ley del aborto
LA EMBESTIDA DEL PENSAMIENTO ÚNICO
Susana Álvarez Sánchez

(Análisis Digital –  03/07/2010)

Me produce una gran pesar el hecho de ser testigo, una y otra vez, de los comentarios humillantes y miradas de desaprobación que sufren, una y otra vez, mis amigas embarazadas de su cuarto o sexto hijo. Hace no demasiados años, el hecho de que una nueva vida comenzara a gestarse, era percibido como un motivo de esperanza, como un acontecimiento que engrandecía a la propia mujer, como un bien para la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, da la sensación de que nos hayamos sumergido en una mentalidad profundamente antinatalista, que nos encorseta hasta el extremo de tener que pedir permiso, no se sabe muy bien a quién, o tener que pedir perdón, no se sabe muy bien por qué, si alguien se desvía de modelo de familia preestablecido, no se sabe muy bien por quién.

Al mismo tiempo, parece como si, en los últimos años, nos hubiese invadido una mentalidad terriblemente materialista, en función de la cual, para que un niño crezca feliz, es imprescindible que un aluvión de no sé cuántos cachivaches invada por doquier nuestras modernas viviendas de uno o dos dormitorios.

Es como si ambas formas de pensar confluyeran, finalmente, en una mentalidad asombrosamente hedonista, que presenta la vida de las personas como una travesía entreverada de letreros luminosos que, a modo de indicadores huérfanos de ideales, van marcando las pautas de una vida ilusoria, que nada tiene que ver con la realidad de nuestra existencia, letreros que nos deslumbran con sus mensajes falaces: «prohibido complicarse la vida», «prohibido sufrir», «prohibido renunciar». «Lo más triste es que esta mentalidad parece haber calado profundamente a nuestro alrededor.

Volviendo a la situación de mis amigas, una vez que sus hijos ya han llegado al mundo, tras haber superado ellas -estoicamente- los consabidos obstáculos dialécticos que les han correspondido por haber atentado contra las mentalidades antinatalista, materialista a ultranza, y absurdamente hedonista,-que parecen campar a sus anchas inundando con sus despropósitos tantos pensamientos y voluntades- comienza un nueva etapa, un nuevo reto: la educación de los niños.

Mis amigas confiesan que, a veces, esta tarea de educar a sus hijos en valores les resulta harto difícil, especialmente cuando se trata de ir enseñando a los pequeños a nadar contra la corriente, como nadaban sus madres cuando nacieron ellos. Hace tan solo unas pocas décadas, parecía existir un sentir común, un pacto tácito, según el cual, los valores en los que los niños eran educados se transmitían, principalmente, en el seno de la propia familia.

Pero últimamente, el sentir común y el pacto tácito parecen haber sido anegados por la embestida del pensamiento único, y a mis amigas, que prefirieron llenar su casa con hermanos para sus hijos en detrimento de los cachivaches estipulados, les embarga en estos días la hondísima preocupación acerca de cómo se van a desarrollar las medidas educativas que nos impone la Ley del aborto, esta Ley del horror que nos han colado así como de incógnito, sin haber sido demandada ni anunciada, y que de forma velada, pero consciente y premeditada, lanzará su furia aniquiladora también contra las conciencias de nuestros hijos, que deberán estudiarla como materia obligatoria. Con la próxima aprobación de esta Ley, las mentalidades antinatalista, materialista y hedonista están a punto de conseguir un triunfo insospechado, un auge estremecedor, que trata de arrollar, no solamente a los nadadores más experimentados, sino especialmente a sus hijos, que todavía no han adquirido las capacidades y destrezas necesarias para zambullirse en el mar de su propia existencia, sin la supervisión incondicional de quienes les han traído al mundo.

¿En qué consistirá esta educación sexual que quieren imponer a nuestros hijos? Aún no ha entrado en vigor, pero como anticipo del tipo de educación que preludia esta Ley, hemos asistido ya, en varios feudos gobernados por el partido del pensamiento único, a la potenciación de los instintos más primigenios del ser humano, al envilecimiento de las relaciones sexuales, a la exaltación del hedonismo más obsceno, al encumbramiento de la perversión más nauseabunda, y en última instancia, a que llamen derecho al inicio de un macabro viaje sin retorno, a la antesala de un mundo tenebroso, a la destrucción de quienes nunca serán, de los que no van a nacer.

Ya nos lo advertía el maestro Dostoievski, con aquellas palabras pronunciadas por el personaje Ippolit, el joven tísico de la novela El Idiota: «Según numerosas observaciones, nunca nuestros liberales son capaces de tolerar que nadie tenga convicciones propias, y en seguida salen contestándoles a sus adversarios con insultos, cuando no con algo peor…».

http://www.analisisdigital.com/Noticias/Noticia.asp?id=48649&idNodo=-5