Siguiendo mi plan veraniego de «Operacion Bañador»(el bikini, de momento, ni lo menciono) me he recorrido de buena mañana un bello tramo de kilómetros urbanos.

Pasaba, cuando el calor ya empezaba a apretar, por el Ayuntamiento de Madrid,  dónde una bandera del Lobby LGBT ondea larga, abusiva, extraordinaria, exigente de derechos que los demás no tienen...para orgullo de unos y vergüenza de otros. El problema es que el Ayuntamiento es de todos.

Me para una reportera acompañada de su cámara (no sé qué tele era) para preguntarme que cuál era mi opinión sobre que ondeara la bandera Gay en el Ayuntamiento.

Medio muerta de sed, sudorosa, despintada y con 10 kilómetros en las patas, me he preguntado si no había más viandantes «entrevistables» en esta bendita ciudad.

En un microsegundo y por el aspecto de la pareja (reconozco que es poco científico) he tenido la impresión de que buscaban dos tipos de comentarios:

  • Los que ensalzaban la tal bandera y la implicación del Ayuntamiento en la elección sexual de unos señores y señoras que gustan de sodomizarse y «gomorrizarse».
  • Los de algún facha, carcundioso, homófobo, casposo y meapilas que dijera que le parecía fatal, evidenciando su pecado de homofobia con insultos y descalificaciones a ese colectivo de personas encantador y liberal que impone su bandera a toda la ciudad.

He dicho que me parecía mal.

Que no se ponían otras banderas de colectivos, por lo que esa sobraba.

Que si los colectivos LGBT quieren la igualdad y la normalidad deben empezar a ser cómo los demás.

Que yo quiero la igualdad verdadera, no esto.

Lo pongo lo más parecido a lo que he contestado. Entre la sed, el calor y el cansancio no he dado más de mi. No tenia saliva.

Por la mirada de la entrevistadora me ha dado la impresión de que los desilusionaba. Ha puesto la cara que pone una maestra ante un alumno aventajado que se confunde y no le dice la respuesta correcta. «Con su aspecto dejado y sudoroso, no esperaba esto de usted, señora», parecía decirme con los ojos. Claro, ni aplaudía la iniciativa, ni despotricaba con insultos.

Como no he cubierto sus expectativas supongo, por el bien de mi autoestima, que no me sacarán en la tele sudorosa, despintada y muerta de sed.

El caso es que creo que esa bandera, que parece una lengua insaciable de exigencias, es improcedente porque en los ayuntamientos no se ponen otras de iniciativas más importantes y colectivos más implicados en el bien común que unos señores orgullosos de sus opción sexual. Unos señores que alegando que son un colectivo maltratado y despreciado ponen su bandera en los ayuntamientos, tienen unas «fiestas patronales»pagadas por todos, insultan y desprecian los creencias, la sensibilidad y la moral de otros (sin consecuencias), reciben cuantiosísimas subvenciones, tienen legislaciones que los discriminan de forma positiva…

Podemos ponernos como queramos, pero su victimismo no cuadra con estos datos.

Una cosa es que los LGBT sean personas con los mismos derechos, y no menos, por su opción sexual, 

Otra ya más fea que tengan más derechos y nos restrieguen lo orgullosos que están de ser LGBT. Con razón. En este momento es un privilegio, se lo aseguro si me ciño a las cifras de subvenciones y las legislaciones de prebendas.

Otra, inadmisible, que nos aburran contándonos su respetable en democracia, pero personal y privada opción sexual, incluso a los menores en los colegios. Sodomizarse, dentro del derecho individual a hacerlo, no es como para contarlo en el parvulario.

Y la repanocha es que, los que buscan la igualdad, impongan que su bandera ondee en el ayuntamiento de todos en un inexplicable privilegio que nadie tiene. Creo que es totalmente ridículo. Y que no merecen un trato de favor que a otras banderas más representativas no se da, con toda razón.

Hace tiempo que hemos perdido la ecuanimidad en una especie de carrera al grito de «homofobo el último».

Alicia V. Rubio Calle