Tengo una descarada predilección por la escritora italiana Susanna Tamaro, conocida por su popular novela Dónde el corazón te lleve. Siempre he esperado con impaciencia la aparición de sus libros y no creo haber dejado de leer, con verdadero gusto, ninguno de ellos, la mayor parte de los cuales son novelas y cuentos infantiles.

Su último libro en español, recién aparecido en Rialp, es Meditaciones sobre la Pasión. Cambio completo de género. Se trata de un desarrollo completo de la devoción del Vía Crucis, escrito con la sensibilidad espiritual que caracteriza a Tamaro. Es por eso un librito para leer muy despacio; más bien para meditar y rezar.

Me detengo en la 1ª Estación: Condenan a muerte a Jesús. Aparecen el texto evangélico de San Mateo y la Meditación, que nuestra escritora dedica al comportamiento de esa masa que pide a Pilatos que crucifiquen a Jesús y que libere a Barrabás.

Sigue finalmente la Oración, en la que nos invita a pedir al Señor algo que en principio me choca: que nos enseñe a mantenernos a una prudente distancia de ciertas formas de comunicación digital que nos convierten en esa masa a la que el Evangelio presenta vociferando y pidiendo sangre ante Pilatos.

Reflexiono ahora en el uso que estamos haciendo de internet y las redes sociales. No puedo evitar que aparezca el recuerdo de esa tentación, tan extendida hoy también en ambientes católicos y a la que todos estamos expuestos, de acusarnos y difamarnos unos a otros a través de internet, faltando tanto a la verdad como a la caridad; a veces, con crueldad. Extendiendo urbi et orbi, sin ningún límite ni control, juicios temerarios que hacen daño a personas concretas y sus familias, como si internet fuera zona exenta no ya solo para el Mandamiento del Amor, sino también para el más elemental respeto de la vida ajena.

Me entristecen los destrozos sobre la fama de tantos en nombre de… ¿en nombre, por cierto, de qué?

Pero está a la orden del día. Unas veces es la publicación de informaciones tergiversadas y no contrastadas en páginas web, en las que se señala, con espíritu de delación, con nombre y apellidos o circunstancias personales que hacen inequívoca la irremediable condena; otras es la difusión irresponsable -a través del correo electrónico, twitter o Facebook- de acusaciones y bulos, con medias verdades y muchas mentiras, sin saber si quiera de qué se habla en realidad; y no falta tampoco la práctica, por desgracia tan común, de los comentarios y juicios ligeros -no por eso menos injustos- hacia personas y sus familias en foros y chats.

Parece, como se afirma en la Oración que propone Susanna Tamaro en esta 1ª Estación del Vía Crucis, que en esas ocasiones nuestra conciencia se ha oscurecido, entregándonos a quien mueve a las multitudes. Sí, tenemos por delante un examen de conciencia y una gran necesidad de verdadera conversión…

¡Qué oportuna y acertada es esta Oración para empezar ese camino!

Señor Jesús: la difusión de la comunicación digital tiende a transformarnos a todos en masa. Basta una palabra tergiversada, o un suceso manipulado, para hacer que sus llamas se propaguen de un lado a otro de la Tierra. A menudo la velocidad de los mensajes arrastra a nuestra conciencia, paraliza la razón y se dirige directamente a las vísceras, para retorcerlas y reclamar lo único que las vísceras saben pedir: ¡sangre!

Ayúdanos a mantenernos a una prudente distancia de estas formas de comunicación. Haz que nuestra conciencia no se oscurezca, que no nos entreguemos a quien mueve las multitudes.

Señor Jesús, cada vez que sintamos la tentación de emitir una condena, recuérdanos que no nos corresponde juzgar. Haz que la mirada mansa del Cordero sea para nosotros el único faro.

Jaime Urcelay