Supongo que la felicidad no está en el mismo sitio para todo el mundo. Y que hay que buscarla cada cual donde sospecha que ha de estar. Y lo mejor que nos puede suceder es estar en una sociedad libre que nos permita encontrar esa felicidad que intuimos en el interior sin cortapisas. Y lo peor es que nos impongan una felicidad, que nos engañen. Porque de la imposición y la mentira  difícilmente puede surgir la plenitud.

Hablo del feminismo actual.

De la degradación de un sexo sensible y generoso obligado a avergonzarse de serlo y a transformarse en cruel y egoísta, exigente y ególatra.

Hablo de un panorama desolador.

Convertidas en enemigas de los hombres, que son padres, hermanos, maridos e hijos. Enfrentadas a esa otra mitad del paraíso sin la cual estamos incompletas y desubicadas.

Incapacitadas para amar, para dar sin condiciones, engañadas en la creencia de que el amor entregado lleva al sufrimiento.

Manipuladas para despreciar nuestra biología y nuestro rol biológico de la maternidad,  para odiar nuestro cuerpo perfectamente adaptado a esta función, nuestra fisiología, nuestra capacidad de acumular grasa apara preservar a las crías, nuestros pechos capaces de amamantar…

Engañadas renunciando a la maternidad y tratando de acallar ese deseo ancestral, ese reloj biológico que nos impulsa a abrazar y proteger a un ser pequeño que nos ata a la vida.  Cubriendo, sin éxito,  un manantial imparable con sedimentos de ideología, con la paradójica servidumbre de ser libre por obligación, con el miedo a no saber ser lo que nos han dicho que debíamos ser.

Empujadas a una sexualidad promiscua y cercenadora, una vez desterrado el amor, la lealtad, la entrega y los sueños comunes y sustituidos por una genitalidad insatisfactoria y monocorde…

Animadas a destruir a nuestros hijos de forma despiadada, como una molestia, como un error, sin saber que con cada hijo que se va, sea su edad cual sea, perdemos un trozo de nosotras mismas.

Luchando por una carrara laboral que, al final del camino, se nos aparece como irrelevante frente a los besos perdidos. Y siempre frustradas por querer dar la talla en lo que nos llena y en lo que nos convencen que nos ha de llenar.

Obligadas a una igualdad falsa que nos impone gustos, deseos, opiniones y comportamientos  que no son las nuestros. Obligadas, también,  a renunciar a nuestro ser ontológico para imitar un modelo masculino que, en ellos es perfección, y en nuestro caso, un remedo.

Prostituidas, convertidas en envoltorios de los hijos de otros, madres de hijos a los que se les amputa al padre antes de nacer, condenados todos a crecer lisiados de abrazos.

Hablo de nosotras. De nosotras, una vez que hemos renunciado a todo lo que somos, a todo lo que amamos, sentimos y creemos, a todo lo que nos puede perpetuar, a todo lo que da sentido a nuestras vidas. Alto coste personal para una exigua recompensa. Dinero. Mucho dinero, pero solo dinero.

Quo vadis,  Eva?

¿Cuándo vas a dejar de correr, huyendo de ti misma, sin poder evitar que tu propio ser te persiga como una sombra?

Desandemos el camino hasta ese punto en el que fuimos dueñas de nuestros destinos y aún no habíamos renunciado a ser nosotras.

Alicia V. Rubio Calle