1283251566977Ya sabemos todos cómo con el pretexto de la igualdad se está imponiendo de manera totalitaria una vía única y obligatoria para todas las mujeres, condenando al ostracismo social, más o menos explícito, a las que libremente eligen el camino de la maternidad y la dedicación a la familia y se les considera, a veces de manera inconsciente, ciudadanas de segunda.

Y esa vía única va calando y nos acaba empapando a todos sin darnos cuenta, incluso a esas mismas mujeres. Por eso, de vez en cuando, convienen recordar algunas cosas, volver a los cimientos y a la razón de ser de las cosas, al origen y al fin.

Hace unos días estuve con una amiga que además de ser médico y ejercer como tal, trabaja en la universidad, organiza másters y cursos de posgrado, tiene montones de publicaciones, colabora en cientos de seminarios y la llaman para tropecientas conferencias. Tiene 6 hijos y os aseguro que es una madre modélica aparte de una gran amiga y una mujer ejemplar.

Pero el caso es que yo ese día volví a casa hecha unos zorros, miraba mi vida y no conseguía encontrar nada que contarle a mis amigas. La vía única del feminismo había ido calando  poco a poco en mí y había conseguido que creyese que al no haber proyección personal fuera de casa, no había nada en mi vida que mereciese la pena contar. Y lo cierto es que todavía no se me ha pasado del todo esa especie de complejo de inferioridad y de sensación de inutilidad.

Por eso me he puesto a escribir esto, porque quiero volver a recordar el porqué de mi elección y encontrar la riqueza que hay en ese porqué.

Y, por supuesto, lo he encontrado en nuestro Juan Pablo II. En la Carta a las mujeres leo esta frase “Es dándose a los otros en la vida diaria como la mujer descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón. Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Lo ve en su grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él y serle de ayuda.” (CM 12).  Y yo elegí ver y ser de ayudar a mi marido y a mis hijos, darme a ellos por completo porque esa era la vocación profunda de mi vida. Y toda elección supone renuncia.

Y añade el Papa con enorme tino que “en este horizonte de «servicio» —que, si se realiza con libertad, reciprocidad y amor, expresa la verdadera «realeza» del ser humano— es posible acoger también, sin desventajas para la mujer, una cierta diversidad de papeles, en la medida en que tal diversidad no es fruto de imposición arbitraria, sino que mana del carácter peculiar del ser masculino y femenino”.

Pues ahí está la clave que tienen que entender los de la vía única: en que esa diversidad de papeles, que la elección que cada uno haga, no sea fruto de la imposición, a ningún nivel y en ningún sentido, sino del libre ejercicio del carácter peculiar de cada uno.

Cuántas veces se nos olvida a todos lo que significa la libertad.

Leonor Tamayo