Max Planck, Max Weber, Einstein Strasse… Acabo de llegar a Múnich y ya estoy recorriendo calles, avenidas y plazas bautizadas con ilustres pensadores. La genialidad científica y filosófica de la primera potencia europea ha determinado la vida del hombre moderno y contemporáneo. Casi nada.

La cultura alemana es hija de su idioma y de su estricto sentido de la educación. Alemania es el país de Leibnitz (padre del cálculo infinitesimal con el permiso de Newton), de Kant (maestro del deber ser), de Hegel (sin el que Marx no hubiera engendrado la dialéctica de los monstruos políticamente correctos), de la tediosa Escuela de Frankfurt (la teoría del consenso me parece un engaño intelectual), de innumerables y revolucionarios físicos que han puesto patas arriba la concepción del mundo y la interpretación de su realidad. Es el país de la técnica, puesto que su ingenio e ingenierías no tienen límites. Pero también es el país con la mitad de universitarios que los que España luce y ostenta. No olvidemos que son ochenta millones de habitantes. Justo el doble de los que posee nuestra troceada y descuartizada nación.

¿Somos más listos? ¿La excelencia recorre las neuronas de los adolescentes españoles cual caudal fluvial? No. ¡Tenemos la LOE! Nieta de la LOGSE, ya que la LOCE del PP no la parió sino que la vomitó a golpe de decretazo), nuestra ley educativa es un esperpento socialista que permite titular en Secundaria con divertidos y anecdóticos suspensos, que posibilita un Bachillerato –el más corto de Europa- a la carta de una PAU que no suspende ni el más cenutrio de los alumnos y que, el próximo curso, alumbrará el hijo del exorcista educativo a lo bestia: no se debe maltratar a los lumbreras que sacarán a los trozos de España adelante; por tanto, 1300 euros para los que abandonan el infinito esfuerzo de la ESO y estrambótica adaptación curricular a los que no superen 1º de Bachillerato. Traducción: se trata de premiar el fracaso. Justo lo que necesita un país que cabalga con desenfreno hacia los cinco millones de parados. Ahora bien, Educación para la Ciudadanía y ético-cívica por Dios, perdón, por Zapatero, ¡que no falte!

 

 

Montserrat Bartolomé

Múnich, 03 de julio de 2009