Portada un dia de colera.indd
La Historia es maestra de la vida, no hay duda. Y nuestra Historia, la de España, es extraordinaria. Claro que sí.

La invasión francesa y la Guerra de la Independencia, son, por ejemplo, una mina inagotable de lecciones. Les recomiendo, en este sentido, un libro para disfrutar. Se llama «Un día de cólera», es de Arturo Pérez-Reverte* y, además de ser una lectura deliciosa, permite entender a la perfección qué pasó en Madrid el 2 de mayo de 1808 y quiénes fueron los verdaderos artífices de nuestra liberación. También cómo las élites eludieron de manera egoísta y cobarde su responsabilidad social y fueron los sencillos, los que no tenían nada que perder, los que salvaron la dignidad de los españoles en un momento crítico de nuestra Historia.

Quienes al acabar la jornada del 2 de mayo fueron tratados como infames por las sumisas élites españolas, terminaron pasando a la Historia como héroes. Los españoles les debemos la libertad. Con gracia, recoge Pérez-Reverte el testimonio del sepulturero Herrero:
«Tuvimos la precaución de dejar ambos cuerpos de los referidos D.Luis Daoiz y D.Pedro Velarde lo más inmediato posible a la superficie de la tierra, por si en algún tiempo se trataba de ponerlos en otro paraje más honroso a su memoria».

Nuestro autor termina su obra con un maravilloso diálogo entre uno de los artilleros que habían defendido heroicamente Monteleón, el joven teniente Rafael de Arango, y su hermano José, que le ayuda a escapar de Madrid ante la persecución de Murat:

«-Quizá sea la palabra. Orgullo… Me sentía así entre aquellos paisanos. Como una piedra de un muro, ¿entiendes?… Porque no nos rendimos, fíjate bien. No hubo capitulación porque Daoiz no quiso. No hubo más que una ola inmensa de franceses anegándonos hasta que no tuvimos con qué pelear. Dejamos de luchar sólo cuando nos inundaron, ¿ves lo que quiero decir?… Como se deshace y se desmorona un muro después de haber aguantado muchas avenidas y torrentes y temporales, hasta que ya no puede más y cede.
(…)
-Piedras y muros -añade-. Por un momento parecíamos una nación… Una nación orgullosa e indomable.

El hermano, conmovido, apoya con afecto una mano en su hombro.
-Fue un espejismo, ya lo ves. No duró mucho.

Rafael de Arango sigue quieto, mirando la ventana por la que, como un gris presentimiento, entra la luz del 3 de mayo de 1808.

-Nunca se sabe -murmura-. En realidad, nunca se sabe».

Jaime Urcelay