Que estemos en la Seimagesmana Santa es para muchos de nuestros contemporáneos una ocasión de ir a la playa, hacer un viaje o simplemente, descansar. Las procesiones dan un tono colorista a nuestras calles pero no satisfacen por si mismas el deseo de Dios que, aún sin saberlo, está en el interior de los corazones. Sin embargo, conmueven y reflejan, con más o menos fortuna, lo que vivimos y celebramos estos días: el acontecimiento inesperado en el que todo un Dios hecho hombre se despojó de su poder para dejarse condenar y crucificar y abrazar desde la Cruz todo lo peor que hay y habrá en cada uno de nosotros. Por amor; no hacia la Humanidad sino a cada ser humano en particular. «Se entregó y dio su vida por mí», nos recuerda la liturgia de estos días. Esta es la razón de la santidad de estos días: que Dios se ha entregado por mí.

Teresa García-Noblejas