Soy consciente del enfado que el título de esta entrada va a provocar en mucha gente. Ser político hoy día se ha convertido, para la opinión pública, en sinónimo de maleante, ladrón, aprovechado o, en el mejor de los casos, mal gestor o incapaz. Y lo malo es que los cuatro primeros partidos de España tienen uno o varios casos poco claros. Ya sé que el tema de moda es Bárcenas y el PP, en una investigación en su momento iniciada por El País y ahora retomada con inusitada fuerza por El Mundo. Sin duda, el asunto se está utilizando políticamente a falta de programa y alternativa de oposición pero lo cierto es que parece que hay tela que cortar en la cuestión de la financiación y la gestión de esta crisis por parte del PP y del Gobierno es muy mejorable. El problema, me temo, tiene su origen en el PP de Aznar pero mira por donde el que gobierna España es Rajoy, que se ha convertido en el blanco de todos los ataques y que debería dar explicaciones claras y coherentes con la verdad. Y actuar en consecuencia limpiando su partido o reconociendo sus errores.

Del PSOE y la gran estafa de Andalucía se habla mucho menos; parece que lo que sucede en una Comunidad Autónoma es siempre de menor rango y tiene menos repercusión nacional e internacional. Y hay claramente poco interés mediático y político en este tema, en gran medida por la inacción de la sociedad andaluza, que debería haber  echado a patadas a esta banda. De Izquierda Unida, que se presenta como adalid de la regeneración democrática mientras sostiene al gobierno de Griñán, mejor ni hablar. De Convergencia y Unió, que les voy a contar sobre su financiación.

Pero las sociedades, los países, los Estados, necesitan dirigentes, líderes, políticos si no quiere caer en la dictadura o en la anarquía. El problema que tenemos es, precisamente, la ausencia de verdaderos servidores del bien común, personas con vocación de mejorar las cosas honradamente, políticos de talla, con amplitud de miras y honradez personal. Y prudencia e inteligencia práctica (con buenos consejeros) para llevarlo a cabo. Hace falta, desde luego, una nueva generación de políticos, como ya decíamos con motivo del discurso de Benedicto XVI en el Parlamento alemán. Cuando no hay nada que hacer significa que está todo por hacer.

Y mientras tanto, recomiendo a nuestros políticos la lectura de este parrafito del abad Courtois, cuyo libro, El arte de dirigir, nunca pasa de moda:

El ejercicio de la autoridad es otra cosa que llevar una insignia, el derecho al saludo de parte de algunas categorías de funcionarios, y como argumento supremo, el derecho a sancionar. Se supone actividad extrema, un permanente don de su mismo, el cuidado en sus actividades y en el ejercicio de sus responsabilidades, un sincero y profundo amor de los hombres y una perfecta dignidad de vida.

Teresa García-Noblejas