Una etapa convulsa como la que actualmente vive la política española tiene al menos la ventaja de que se hacen más patentes algunas cuestiones clave que tal vez en otros momentos nos hayan podido pasar desapercibidas, por más que nunca han dejado de estar presentes.

De ellas la más fundamental es que la política es una actividad que no puede ser separada de la ética. Un axioma que, en su dimensión más evidente –la corrupción política-, no creo que necesite en este momento de muchas aclaraciones ni demostraciones.

Pero además del gravísimo problema de la corrupción política y sus consecuencias de todo tipo, de las cuales el descrédito de la propia política ante los ciudadanos es quizá la más grave, hay otra mirada a la relación entre ética y política que me gustaría destacar.

Me refiero al tema de la finalidad misma de la política, su razón de ser, que no puede ser otra que el servicio a la persona y a la comunidad, o dicho de otra forma, el servicio al Bien Común. Si falta este fin, la política pasa a ser una actividad sin sentido, que inevitablemente tenderá a convertirse en un puro modus vivendi de quienes la ejercen, cuyo mantenimiento acabará por erigirse en un fin en sí mismo del que la ciudadanía nada bueno puede esperar, sobre todo si, como ocurre en nuestro sistema, la disciplina sectaria y nada democrática de los partidos lo llena casi todo.

Por esta razón es tan importante que esa vocación de servicio, esa generosidad, no falte en quienes deciden dedicarse a la noble e imprescindible actividad política. Y, por supuesto, que esa inicial vocación personal no se vaya diluyendo con el paso del tiempo hasta convertirse en un cínico postureo, a estas alturas tan poco creíble en tantos y tantos de nuestros políticos.

Pero, presupuesta la vocación de servicio, algo importante falla también si el político renuncia a los principios más básicos sobre el bien de la persona y la comunidad a las que dice servir, es decir a los valores que deben inspirar eso que antes se llamaba un orden social justo. Sin esos principios el político se transforma en un tecnócrata (suponiendo su condición de técnico en algo, que a veces es mucho suponer) que sirve eficazmente a los procedimientos, da igual para qué fines. Lo cual no deja de ser un absurdo cuando están en juego bienes fundamentales, como el derecho a la vida, la protección de los más débiles, el acceso a prestaciones sociales básicas o la vida en común misma.

No quisiera simplificar la complejísima realidad política, pero siempre es importante volver a lo básico y con mayor razón en momentos de confusión e incertidumbre. La unidad entre ética y política forma parte de lo esencial. Y por eso me parece tan llamativo y suicida, desde cualquier punto de vista, el proceso de vaciamiento moral del partido político al que los ciudadanos otorgaron mayoría absoluta en las últimas elecciones generales. Un proceso cuya últimas líneas rojas han sido la indigna renuncia a la protección legal del concebido no nacido y la desconcertante debilidad ante el órdago secesionista en Cataluña.

Fracasar en política por corrupción o por incompetencia puede ser gravísimo e imperdonable. Pero tenerse que ir a casa porque ni siquiera se sabe lo que se defiende en política, salvo los procedimientos, no tiene nombre.

Jaime Urcelay

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