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Tengo que empezar mis reflexiones de 2011 deseando para todos un nuevo año lleno de progreso individual y social, pero en esta ocasión dedico especialmente mis deseos a dos grupos de destinatarios: el primero por supuesto a las millones de familias damnificadas por el cruel invierno en nuestro país y en la región; más allá de la solidaridad de los ciudadanos, espero que el 2011 les permita recuperar sus pérdidas materiales y emocionales. El segundo grupo al que van dedicadas mis oraciones e intenciones en este nuevo año es al hermano pueblo de Venezuela.

Parece increíble que llevemos 12 años (o más) denunciando con frecuencia inusitada y vehemencia constante los excesos del régimen en el vecino país, el empobrecimiento de su población, el desperdicio de sus más preciados recursos naturales, el escalamiento de la violencia y de la inseguridad, la eliminación sistemática y abusiva de las libertades, y sobre todo la soberbia e inconsciencia con las que, quienes gobiernan, han pretendido por todas las vías (más y menos legítimas) entronizar finalmente un sistema dictatorial y absolutista en Venezuela. Hemos denunciado con insistencia, cómo progresivamente y bajo un falso disfraz democrático, el actual régimen ha traspasado límites, a todas luces inaceptables para la regla democrática y el estado de derecho, bajo la mirada impasible de la comunidad de las naciones y la aprobación cómplice, implícita y explícita, de la hipócrita izquierda internacional. Baste con recordar que después de las recientes elecciones legislativas el gobernante, con su tono característico de mal perdedor, amenazó con que la nueva legislatura (con mayor representación de la oposición unida) no llegaría a aprobar ley alguna. En efecto, no se había acabado el 2010 cuando se sucedió la aprobación acelerada de 22 leyes inconstitucionales en el seno del viejo poder legislativo, que profundizan la desaparición forzada del modelo republicano en Venezuela y la mayor concentración de poderes en cabeza de un gobierno vil y despreciable que no sólo ha jugado con el futuro del querido pueblo hermano de Venezuela sino que ha logrado poner en peligro a la región entera con sus delirios expansionistas y dictatoriales.

Al mismo tiempo, la América Latina democrática y liberal (en el estricto sentido del concepto liberal), sin olvidar su problemas y dificultades, celebra los triunfos del estado de derecho contra nefastos dictadores del cono sur, ve con esperanza el inminente (pero lento) retorno a la libertad de Cuba, apoya la consolidación de la democracia en Centroamérica, rodea a Colombia y a México en su lucha sangrienta contra el narcoterrorismo, y observa los evidentes logros históricos que ha supuesto el avance de los mercados y la defensa de la libertad como las bases principales para salir definitivamente de la pobreza. Resulta entonces paradójico que en el momento de la historia de mayor esperanza democrática para América Latina, habiendo aprendido las dolorosas lecciones y herencias que nos dejaron las dictaduras en la región, en medio de un momento propicio para el protagonismo de la región en el concierto internacional, se esté profundizando por vías aparentemente democráticas, una de las más nefastas dictaduras que tendrá que registrar en el futuro la historia latinoamericana.

Victor Hugo Malagón
Economista. Especialista en Política y Relaciones Internacionales. Profesor Universitario (Colombia).