Leía hoy en el metro un texto sobre el ejército español en la guerra de la independencia y no podía sino extrapolarlo a un asunto actual.

Hace doscientos años, los franceses nos enseñaron, con sangre sudor y lágrimas a ser un ejército moderno: el equipamiento, las técnicas de combate, la forma de instrucción, la estrategia militar, el avituallamiento de nuestro ejército… estaba anclado en el pasado y fue una de las causas de nuestras numerosas derrotas. Pero aprendimos de ellos y de nuestros errores.

Doscientos años después, un pueblo moderno, sin las rémoras anímicas que suponen los complejos hispanos de haber perdido todos los trenes de la modernidad, una de las estúpidas leyendas negras que más condiciona nuestras acciones, dice que lo que no es igual, no es la misma cosa. Obviedad, tautología o perogrullada que, en este tiempo de tergiversaciones, hay que esgrimir como la única razón de un hecho evidente.

Y es que, lo que no es lo mismo, si se equipara, sigue sin ser lo mismo y genera situaciones de injusticia. Hablo del «matrimonio homosexual».

La ideología de género está empeñada, de forma irracional, en convencernos de que hombres y mujeres somos la misma cosa. Dando por sentado que somos iguales en dignidad y derechos, una vez más me veo en la triste circunstancia de defender y argumentar una obviedad o tautología. O una perogrullada. Que somos diferentes. Ni mejores ni peores: diferentes.

¡Con lo difícil que es argumentar la evidencia ante quienes, lisa y llanamente, no pueden o no quieren verlo!

En fin, volveré a intentarlo. Supongo que, como siempre, sin éxito entre quienes han decidido comulgar con las ruedas de molino de la ideología de genero.

Hombres y mujeres somos diferentes en nuestro físico y en nuestra psique. No creo que deba incidir en el apartado de las diferencias físicas. Vayamos a las psicológicas: nuestras percepciones, gustos, comportamientos, habilidades… son distintas porque la química hormonal que inunda nuestros cerebros es diferente. A lo mejor porque nuestros genes son diferentes. A lo mejor porque la naturaleza, mucho más sabia que nosotros, ideó el modo de obtener el éxito evolutivo y de supervivencia mezclando genes, diversificando funciones, complementando capacidades…

Aunque esto es evidente para la inmensa mayoría de los adolescentes que descubren su identidad sexual, la ideología de género lo niega. Afirma que hombres y mujeres somos tan iguales que resultamos intercambiables como los cromos, capaces de realizar unos y otros idénticas funciones en todos los ámbitos. Y no es cierto en determinados campos.

Quizá alguien pueda negar la faceta psíquica en un alarde de empecinamiento. Sin embargo, afortunadamente la ideología de género ha querido llegar tan lejos que, por decirlo de alguna manera, ha sobrepasado su capacidad de engaño: ha tratado de equiparar, no la psique, sino la anatomía. Y nos ha tratado de convencer de que hombres y mujeres somos lo mismo. Y es obvio que no lo somos.

Inmersos en tan ridícula creencia, nos vemos obligados a asumir que, puesto que somos iguales, lo normal es que en todos los ámbitos seamos igual número de hombres que de mujeres y perfectamente sustituibles.

Quizá con este ejemplo del sinsentido al que la ideología de género nos aboca, alguno abra los ojos:

PRUEBAS FÍSICAS DE ACCESO

Vicente Moren Mellado. Médico de Bomberos de la CAM..

Baremación de las pruebas físicas en mujeres

En fechas muy recientes se ha planteado en nuestra Comunidad una polémica acerca de la escasa presencia femenina entre los trabajadores del Cuerpo de Bomberos de la CAM. Una recién nacida Asociación de bomberas y Opositoras a Bomberas ha elaborado un escrito en el que critica duramente la, para ellas, política altamente discriminatoria en contra de la mujer que está siguiendo la Administración de la CAM en lo referente a la confección de la Pruebas  Físicas para ingreso en el Cuerpo.

En la actualidad, a las marcas que obtienen las mujeres en las diferentes pruebas se les bonifica con un 20% adicional a la puntuación obtenida, pero se les exige que alcancen un mínimo exigido en cada una de ellas.

Uno de los principios básicos que debe regular el acceso a la función pública es el principio de igualdad, es decir, el que todos los aspirantes tengan el mismo examen y el mismo criterio de valoración. En la CAM se establece un mínimo común que tienen que pasar todos los opositores (principio de igualdad) pero, una vez cumplido, el mínimo se bonifica un 20% a las mujeres a la hora de puntuar, a los efectos de cumplir los otros dos principios de los procesos de acceso a la Función Pública: los de mérito y capacidad.(…)

Sin entrar a discutir si las marcas mínimas exigidas son o no las adecuadas para realizar de forma eficaz y segura el trabajo de bombero, lo que no se hace es establecer mínimos diferentes para unos y otros, pues se estaría asumiendo que el trabajo o las funciones a realizar serían diferentes. Entendemos que no se pueden establecer unos mínimos diferentes para hombres y mujeres. El trabajo a desarrollar va a ser el mismo, van a usar la misma uniformidad, las mismas herramientas y maquinaria.

Algunos ejemplos:

  • Equipo de actuación en interiores (casco, botas, U2, EPR, linterna…) 20 Kg
  • Manguera de 70 mm: 12,6Kg
  • Extintor de CO2: 18 Kg
  • Pinza separadora (tráfico) 22Kg
  • Rescate de un compañero (con equipo): más de 120 Kg

Las «mujeres bomberas y opositoras» se quejan de la enorme desproporción que hay en el cuerpo de bomberos entre hombres y mujeres porque se pide un mínimo común de aprobado en las pruebas físicas, si bien, una vez superado ese mínimo, se bonifican las marcas femeninas.

Confío, sin base ninguna porque no hay peor ciego que el que no quiere ver, en que quienes defienden la equiparación a ultranza de hombre y mujer en todos los ámbitos, analicen esto y asuman la posibilidad de que la irracionalidad de admitir la igualdad física pueda ser extrapolada a la igualdad psicológica.

Y sobre todo, confío en que escuchen a mi marido (un hombre grande y fuerte) decir: «Sí, es muy bonito que las mujeres tengan pruebas físicas diferentes y haya igual ratio de hombres y mujeres en el cuerpo de bomberos, pero… cuando la bombera no pueda conmigo en un incendio… ¿quién me indemniza por esto del timo de la igualdad y de la ideología de género?»

Y es que, lo que no es lo mismo, si se equipara, sigue sin ser lo mismo y genera situaciones de injusticia. Hablo del «matrimonio homosexual».

Cuando algún defensor de que un «matrimonio homosexual»  es un matrimonio trata de explicarte que A es B, lo primero que tiene que hacer es especificar a qué se refiere porque, al no ser lo mismo, hay que ponerle un adjetivo explicativo y especificativo a la vez (de hecho se ha acuñado, de forma popular, un nuevo término para una realidad diferente: gaymonio).

Cuando llegas al punto en el que tu interlocutor te niega que haya diferencias y  trata de convencerte de que es lo mismo la unión de dos hombres que la de hombre y mujer, comprendes que la ideología de género sembró en tierra fértil que hombres y mujeres somos iguales, idénticos, intercambiables como cromos en cualquier circunstancia, que no hay hombres y mujeres, ni roles masculino y femenino (pese a que, sorprendentemente, en las parejas homosexuales ambos miembros asuman, y reconozcan que asumen, respectivamente, uno y otro rol de forma instintiva imitando o parodiando a la naturaleza), ni padre o madre sino progenitor A y B. Y comprendes que no hay discusión posible puesto que nada, ni nadie, podrá convencerte de que la realidad, las enormes diferencias que percibes entre hombres y mujeres son mentira, de que la naturaleza se equivocó y que ahora ha llegado el momento en que el ser humano va a demostrar cuan equivocada estaba esa estúpida naturaleza.

Y supongo que «reclamaciones al maestro armero» cuando ese niño adoptado por un gaymonio (permítanme el coloquialismo para abreviar), al que se le ha negado el derecho a beneficiarse de la complementariedad de esa naturaleza estúpida porque todo es lo mismo, diga como mi marido sobre los bomberos: «Sí, es muy bonito que los gaymonios entre hombres y entre mujeres se equiparen al de hombre y mujer, pero cuando se reconozca lo que es evidente, a mi ¿quién me indemniza por esto del timo de la igualdad y de la ideología de género?»

Pues sí, el pueblo francés, laico, sin complejos de progresismo, educado en los liceos, ajeno a prejuicios religiosos, dice que el «matrimonio homosexual» no es matrimonio. Y los alcaldes laicos dicen que no casan homosexuales… y la carcundia franquista y fascista, papista y casposa de Francia dice que «no es lo mismo». ¿Ah, pero había carcundios, franquistas, fascistas, papistas y casposos en Francia?

Pues sí, y resulta que semejantes especímenes son unos cuantos.

Y sí, doscientos años después podemos volver a aprender del gabacho, en este caso modernidad y capacidad de juicio crítico.

Y es que, lo que no es lo mismo, si se equipara, sigue sin ser lo mismo y genera situaciones de injusticia. Hablo del «matrimonio homosexual».

Alicia V. Rubio Calle