Últimamente parece que anda revuelto el tema de la mujer, la maternidad y la vida laboral. Y si no, vean el caso de Mónica de Oriol (aunque luego ha pedido disculpas), O el de empresas que ofrecen pagar la congelación de óvulos de sus empleadas con tal de que no se queden embarazadas. Por no citar la compañía española, pública, que advirtió a una mujer durante la entrevista de trabajo que no admitirían una baja por maternidad.Y me llama la atención que todavía haya conceptos que bailan y que no tenemos claros, como si estuviésemos anclados en el año de maricastaña. Me parece alucinante que todavía no hayamos entendido que la maternidad es prioritaria, así de simple. Porque conforma la raíz y la naturaleza propia de la mujer y lo que supone su más profundo e íntimo desarrollo y realización, porque la sociedad necesita hijos y familias estables, y más ahora en pleno y angustioso glacial invierno demográfico, y porque la maternidad es para toda la vida.

No se trata de hacer tonterías y exageraciones y que las madres sean intocables. Se trata de respetar, valorar y dignificar la maternidad ya sea en casa o en el trabajo. Una mujer que es madre, evidentemente ya no vive sólo para el trabajo, el marido o los amigos, claro, pero eso no sólo no es un inconveniente sino más bien una ventaja, si somos capaces de hacer los ajustes necesarios. Y ése es el reto que se pide a la sociedad y al mundo laboral. Es bastante sencillo y bastante evidente. Que la mujer se haya incorporado al mundo laboral beneficia a todos, está claro, pero no la manera en la que se ha hecho.

Y ese mismo respeto lo exigimos para las mujeres que se dedican en exclusiva a la familia. Esas mujeres son un pilar fundamental de la sociedad y sin embargo se las ningunea. No cuentan, son  miembros inútiles. Pero resulta que sostienen la sociedad en su labor y dedicación generosa y desinteresada, son la piedra angular que mantiene en pie esta sociedad egoísta, materialista y preocupantemente individualista.

La maternidad es un inmenso regalo y lo estamos desaprovechando porque nos hemos creído que somos más libres sin hijos. Pobres.

Leonor Tamayo