Hace una semana murió Jesús García, el padre de un amigo. Tuve el privilegio de poder verle un poco antes en el hospital, respirando autónomamente, aunque con ciertas dificultades, porque estaba ingresado por un foco de neumonía. También padecía Alzheimer desde hacía muchos años.

Y digo que fue un privilegio porque allí estaban junto a él su mujer, Irma, que lleva años cuidándole de modo esmerado, sus hijos con sus parejas, y algunos amigos de la familia. Se presentía que el final estaba cerca. Ya había recibido hace años la unción, y fue visitado ese día por tres sacerdotes. Tenía prendida una cruz en ese horrible camisón azul que se usa ahora con los enfermos, y una estampa de la Virgen en la mano. Murió rodeado de los suyos, de la gente que le quería y que él había querido. Y esa sí que es una muerte digna, deseable, casi envidiable.

Jesús era un hombre íntegro y creyente. Yo disfruté de su hospitalidad en su casa de Cercedilla y pude hablar con él a veces.  Se casó de mayor, seguramente cuando ya no estaba en sus planes. Tuvo tres hijos, y muchos amigos. Hace ya muchos años que vimos como su cabeza empezaba a fallar, como producto del Alzheimer. Desde fuera nos asomábamos con miedo al abismo que empezaba en una persona que había esquiado en la sierra hasta bien entrados los setenta años, que tenía una mente privilegiada para los idiomas (hablaba tres), que era un gran pintor, y que estaba fuerte como un toro.

Recuerdo muchas cosas que él nos contó, tuvo que huir de Asturias cuando empezó la guerra civil, en la noche y a través de un monte helado y lleno de lobos. Como viajó en moto hasta el Telón de acero, como ayudó a determinados aterrizajes como controlador aéreo, y miles de otras vivencias.  Jesús tuvo sin duda una vida larga y rica, y ha tenido una buena muerte. 

A medida que avanzaba su enfermedad fue pasando por diferentes estados. Cuando se desorientaba y olvidaba todo podía ponerse muy violento, porque era muy fuerte. En ocasiones se sentía secuestrado, dado que no podía ir a donde quería y pedía auxilio. En todos estos años su mujer y sus hijos se ocuparon de él con un amor y una solicitud que siempre me conmovieron. A veces perdían los nervios, y estaban muy cansados, los días y las noches junto a un padre y marido que ya no hace lo que quiere o lo que se espera de él, o que llega a afirmar que «tú no eres mi mujer», son durísimos. Y cuesta pensar que todo eso pueda tener algún sentido. Pero sin duda lo tiene. Para mí, desde fuera lo ha tenido.

En una de las primeras fases de la enfermedad, Jesús se quejaba de que le mataban de  hambre, porque no recordaba haber comido. A veces Irma se sonrojaba y nos decía a los invitados «pero si acaba de comer un tazón así de grande con leche y galletas…» En una de esas ocasiones en que estaba hambriento, yo entré en la cocina, y Jesús estaba comiendo. No quedaba más comida y él me dijo, «no queda más comida pero si quieres te doy de lo mío» y me ofreció de lo suyo. Reconozco que su generosidad me emocionó. La enfermedad podía haber acabado con su memoria, pero no con sus hábitos virtuosos.

Desde hacía unos días que fue ingresado, la familia estaba advertida de que el pronóstico era muy malo. Muchos hemos rezado, personas que les conocen y otras que no, desde el whatsup, o de mil maneras. Desde aquí quiero mandarles un abrazo a todos, y darles las gracias. 

Por gente así, pertenezco a Vida Digna, porque creo que la vida es digna, merece ser vivida hasta donde llegue y como llegue, y aunque a veces no alcanzo a comprender porque ocurren estas cosas, entiendo que cuidar a alguien hasta el final, aliviando sus sufrimientos y dándole compañía y cariño es lo correcto. Y lo contrario no. Y este final es el que querría para mí.

Carlos Alvarez. Vida Digna.