A quienes hayan tenido la suerte de ver la película «Invictus» de Clint Eastwood, probablemente les haya llamado la atención la poesía a la que Nelson Mandela se refiere en su entrevista con el capitán de los Springbocs y que después una voz en off recita cuando el mismo jugador de rugby visita con su equipo la prisión de Robben Island.

Curiosamente, la poesía en cuestión es una aportación de Eastwood, pues en el libro de John Carlin «El factor humano», que le sirve de guión, no aparece mencionada. Al menos, yo no recuerdo haberla visto.

Mi amigo Tomás Alfaro ha rastreado esta poesía, que se llama «Invictus» y se debe a William Ernest Henley. Se trata, como sin duda recuerdan los que han visto la película, de un precioso canto a la superación de la adversidad y al dominio del propio destino. El poema concluye con un verso lleno de fuerza: «Soy el capitán de mi alma».

La poesía transmite sin embargo, como destaca Alfaro, una desasosegante autosuficiencia que parece despreciar cualquier ayuda que no dependa de la propia determinación.  De hecho, el autor de la poesía, cuya vida fue ciertamente dura, acabó por suicidarse.

Esta circunstancia hace especialmente emocionante el final de la investigación de Tomás Alfaro, que me ha permitido algunos hallazgos interesantísimos después de explorar en internet. Una singular activista norteamericana por los derechos civiles, Dorothy Day (1897-1980), procedente del anarquismo militante y conversa al catolicismo, reescribió el poema de Henley desde la perspectiva de la confianza en la Gracia salvífica de Cristo.

Dorothy DayEl resultado es espectacular:

MI CAPITÁN

Más allá de la luz que me deslumbra,
Brillante como el sol, de polo a polo.
Agradezco a Dios, que sé que es,

Por Cristo el conquistador de mi alma.

Dado su dominio de las circunstancias,
No retrocedería ni clamaría a voces.
Bajo ese gobierno que los hombres llaman ventura,
Mi cabeza con gozo está humildemente sometida.

Más allá de este lugar de pecado y lágrimas,
Es vida con Él y suya es la ayuda.
A pesar de la amenaza de los años,
Me guarda y me aguardará sin temor.

No tengo temor aun cuando estrecha es la puerta
Él despejó de castigo el fallo.
Cristo es el amo de mi destino,
Cristo es el capitán de mi alma.

Jaime Urcelay