Yo no di Educación para la Ciudadanía. Creo que no me hizo falta.

Me enseñaron que los demás eran mis hermanos, lo que implicaba que debía quererlos, respetarlos y aceptarlos tal y como eran. Ahora creo que se llama tolerancia.

Me explicaron que, como hijos de Dios, mis hermanos tenían un valor intrínseco e irrenunciable que los hacía depositarios de una dignidad inviolable. Me parece que me hablaban de derechos humanos.

También me contaban que el mundo era el regalo de Dios para los hombres y que había que cuidarlo y respetarlo sin reducir su variedad y su belleza. Ecología y medio ambiente, supongo.

Me hablaron de la austeridad, y de que no había que caer en el consumismo destructivo para uno mismo y para su entorno. El actual e imprescindible desarrollo sostenible.

Me informaron de mi obligación de ser caritativa, de cuidar, ayudar y socorrer a quienes estuvieran en situaciones lamentables de pobreza, sufrimiento y miseria de cualquier tipo. Ahora tiene el rimbombante nombre de solidaridad.

Para mejorar mi comunidad debía colaborar al bien común y no escatimar esfuerzos en una implicación que obtuviera tales resultados. Ciudadanía proactiva es el término de moda.

¿A que todo esto les suena?…sí, eran mis clases de religión y parte del temario de la famosa EpC, una asignatura que resultaba innecesaria cuando yo iba al colegio. Es evidente el porqué.

También me decían que debía devolver bien por mal, que debía ayudar al que erraba en sus conductas, pero nunca juzgarlo porque nadie es mejor que nadie. Me animaban a buscar la perfección, aunque también me informaban de que era arduo y que tropezaría una y mil veces… Y que, sin embargo, nunca ante un arrepentimiento habría de faltarme el perdón. Pero no sigo, que de estas y otras cosas, cosas la EpC no dice nada pues, por lo visto, en nada afecta a la formación de buenos ciudadanos.

Pero hubo algún momento entre entonces y ahora que alguien grito: «Dios ha muerto». Y el ser humano se encontró tan desorientado que tuvo que reinventar las virtudes de sus mayores, las que estos promovían, buscaban y dedicaban a un ser superior que les había creado con el objetivo de alcanzar el bien para dar un sentido a sus vidas.

Y reinventó muchas virtudes parecidas, pero sin el fundamento de una razón y de un bien absoluto que dotara de trascendencia a esas acciones y de sentido a la existencia en busca de la perfección.

Y como no hay razón para obrar bien, han de ser las leyes las que marquen las razones y el bien mismo.

Y en este mundo sin Dios, a nuestros hijos les enseñan a ser tolerantes, respetuosos con los derechos humanos y el medio ambiente, ecologistas, defensores de la economía sostenible, solidarios y ciudadanos proactivos porque sí, por puro utilitarismo, porque lo mandan las leyes.

Si no hay más remedio, y en los casos en los que no existe nada mejor, más vale esa moral utilitaria que nada. Pero pudiendo darles a mis hijos una Educación para la Ciudadanía de calidad, no sé por qué rayos tienen que perder el tiempo en mediocridades morales de categoría inferior.

Alicia V. Rubio Calle