Recientemente, la nueva ministra de Sanidad ha manifestado que el debate sobre el aborto es un tema ya superado en nuestra sociedad. Sin embargo, teniendo en cuenta el número de artículos publicados en prensa sobre este tema y la amplia movilización de las últimas manifestaciones a favor del respeto a la vida en diversas ciudades españolas, no parece que sea ésta la situación real. Más bien parece lo contrario. Cuando el Tribunal Constitucional, en 1985, dictó sentencia circunscribiendo la posibilidad de abortar a tres situaciones excepcionales, tales como el grave peligro para la salud de la madre, la presencia de taras graves en el feto y el supuesto de violación, el debate, aunque sin consenso social, aparentemente quedó cerrado para un sector importante de la sociedad. Actualmente, después de transcurridos más de veinte años y ante la objetivación de un fraude continuo a esa misma ley por parte de las clínicas acreditadas en la realización de abortos, el debate ha vuelto a reabrirse y se pide, desde cada vez instancias más plurales, algún tipo de control. De hecho, el primer supuesto mencionado ha quedado convertido en un coladero para realizar el 97% de los abortos que, en número creciente, se llevan a cabo año tras año. Por ello, se podría afirmar que las clínicas abortistas han perdido toda credibilidad en el manejo de esta situación que, por intereses propios, parece habérseles ido de las manos.

 

Frente a esto, se ha esgrimido el derecho de la mujer a su salud reproductiva denominándolo sintéticamente como «derecho a decidir. Desde un ángulo ético, sería lógico preguntarnos ¿derecho a decidir qué?, ¿en beneficio o en perjuicio de quién? La respuesta ya no puede ser, como en los años 60, que ese derecho se ejerce sobre el propio cuerpo, ya que el embrión, tal como nos muestra claramente la ciencia, es un ser innegablemente distinto a la madre. De ahí, que el debate ético siga estando abierto.

 

Ante este hecho, algunos científicos parecen haberse prestado a lanzar una cortina de humo intentando llevar la discusión al punto sobre cuándo comienza la vida humana, pero aquí esa cuestión no es la que está en juego, salvo que pensemos de modo extremo, que el ser humano no lo es hasta el momento del nacimiento, renegando de todos los conocimientos de embriología. En realidad, de lo que estamos hablando en el debate ético sobre el aborto no es de embriones de morfología esférica, objetivables sólo en el microscopio, sino de seres con cabeza, cuerpo, brazos y piernas que las mujeres embarazadas habitualmente sienten como sus hijos (deseados o no deseados), y que no son identificables con «un grupo de células» salvo que alguien las esté engañando para que tomen una decisión dirigida y desinformada.

  

Por otra parte, buscando consensos posibles, al menos deberíamos estar de acuerdo en que la información inicial que se dé a estas mujeres con embarazos imprevistos debería ser lo más neutra posible, asumiéndola la sanidad pública y sacándola de las clínicas privadas. En este sentido, son muy de agradecer iniciativas desarrolladas por los propios profesionales, como la puesta en marcha de la web

www.abortoinformacionmedica.es en la que se oferta información sin ningún color político sobre cómo asumir correctamente una entrevista clínica comprendiendo los sentimientos de la mujer, mostrando la fase de gestación en la que se encuentra el nasciturus y, brevemente, la técnica de aborto correspondiente, ofertando también alternativas de ayuda social a las que derivar a la paciente si se desea acudir a ellas. En definitiva, éste podría ser el primer paso para acabar con el oscurantismo y la desinformación que rodean a las mujeres con embarazos no deseados.

  

Otro modo de clarificar el debate, quitándonos la venda de los ojos, sería dar a conocer los estudios que demuestran que el aborto no es una intervención sin secuelas para las mujeres. La duda no está ya en elegir lo mejor para el feto o lo mejor para la madre. Entre los muchos estudios que corroboran esto, tiene especial interés el publicado recientemente en el «British Journal of Psychiatry» en el que se pone de manifiesto un mayor riesgo de trastornos psiquiátricos (depresión, trastornos de ansiedad, ideación suicida y hábitos tóxicos) en mujeres jóvenes que habían abortado en comparación con no embarazadas o mujeres que llevaron a cabo su embarazo. La evidencia, según reflejan estos investigadores, es consistente para indicar la asociación con riesgo de trastornos mentales. Resultados similares se han notificado también en muy amplios estudios realizados en Finlandia y Canadá.

 

Por tanto, ¿a quién se beneficia realmente promoviendo más abortos y a edades más tempranas? Desde luego, no es a la mujer. Lo que se necesita, el mejor camino de entendimiento, no es promocionar más abortos, sino aportar más ayudas y menos incertidumbre sobre su futuro a las mujeres con embarazos imprevistos.

 

José Jara Rascón. Médico. Presidente de la Asociación de Bioética de la Comunidad de Madrid

 

(Artículo publicado en La Razón el 18 de mayo de 2009).