No me dirán que la publicación ayer, 12 de octubre, Fiesta Nacional de España, de un artículo de Mariano Rajoy en la edición catalana de El País no es, como mínimo, surrealista. Es como llevar champán o cava a la habitación del cónyuge cuando nos está engañando. Dan ganas de tomárselo a broma pero es trágico: al conocer la noticia y leer el artículo lleno de manos tendidas y llamamiento al diálogo no pude menos que acordarme de ZP cundo decía aquello de Daré por bueno todo lo que venga del Parlamento de Cataluña. Y es que el representante del Estado en Cataluña es… Artur Mas. El zorro guardando las gallinas y Mariano llevándole el cuchillo para acabar con ellas.

Rajoy ha apelado a la ley como marco en el que todo diálogo, pacto, generosidad, caben en la relación con Cataluña. El problema es que la ley positiva se cambia en función de las mayorías y puede dar lugar a totalitarismos, injusticias, dictaduras y hasta genocidios legales. Y es que hay valores, ideales, convicciones, que unen a los pueblos antes que la ley positiva; son prepolíticos y compartidos por todos, empezando por el presidente del Gobierno.

El drama es que en el día de la Fiesta Nacional de España Mariano Rajoy haya sido incapaz de recordar lo que dice la Constitución sobre la unidad indisoluble de la Nación española, o de hacer un guiño, o mejor dar un aplauso a los miles de catalanes que ayer salían a las calles para proclamar con orgullo que son catalanes y españoles.

Ayer tuve la convicción firme de que el proyecto Zapatero y el de Rajoy es el mismo en materia de deconstrucción de la familia, vulneración de derecho a la vida, negociación con ETA (Bolinaga es el emblema) y desintegración de España. Con una diferencia sustancial: en la era ZP la sociedad está movilizada. Ahora está anestesiada.

Ayer, 12 de octubre, envidié a los británicos que han tenido un político como Gordon Brown, cuyo discurso en vísperas del referéndum escocés, ya comentamos. Ojalá Rajoy se hubiera atrevido a proclamar que:

No dejemos que una divergencia nacionalista rompa lo que hemos creado juntos.

Vamos a decirle que Cataluña nos pertenece a todos. Explicad a los nacionalistas que no es su bandera, su cultura, su nación o sus calles, sino que es la bandera de todos, la cultura de todos, la nación de todos y las calles de todos.

Digámosles que nuestra visión patriótica es mayor que el nacionalismo; no queremos que Cataluña se vaya de España, sino que esté a la cabeza de España y, de este modo, a la cabeza del mundo.

Pues no, no lo ha dicho. Eran palabras de Gordon Brown que he adaptado a la realidad española.

Teresa García-Noblejas