546424Vuelvo sobre «Juan Pablo II. El final y el principio», el reciente libro de George Weigel que resulta fundamental para entender dónde estamos y qué hacer.

Uno de sus apartados más interesantes es el análisis final de las frustraciones, errores y fracasos de un pontificado por tantos motivos extraordinario. Situándose específicamente en España, Weigel  -que se apoya en una entrevista privada con el Cardenal Rouco-  afirma que la estrategia de Juan Pablo II en nuestra patria «reflejaba su comprensión de dar prioridad a la cultura en la dinámica de la historia». Por ello, «desafió a los católicos españoles  a dejar de consentir que los laicos proclamaran la ‘marginalidad católica’, e hizo un llamamiento para que recuperásemos nuestra «memoria cultural nacional» y para que, mediante esa recuperación, desarrolláramos «una nueva voluntad católica para construir un futuro auténticamente humanista sobre los cimientos de lo que había de noble en el pasado católico de España».

Y concluye Weigel: «No obstante, el ritmo de la reforma católica en España sigue siendo lento, y el Gobierno de Zapatero fue reelegido tres años después de la muerte del papa».

Creo que el juicio del publicista norteamericano no puede ser más certero y me ha venido a la cabeza al leer, con muchísima tristeza, las declaraciones del secretario general del PSOE en Huelva a propósito del caso de Ramona Estévez, la anciana recientemente fallecida de hambre y sed por la cruel aplicación de la llamada ley de «muerte digna» de Andalucía. Son unas declaraciones espeluznantes que pueden leerse en un despacho de Europa Press del pasado 1 de septiembre.

No me paro ahora en su descarnado positivismo jurídico, que omite cualquier idea de la justicia, del bien y del mal, y que tanto recuerda a la inmortal película «Vencedores o vencidos» sobre los juicios de Nuremberg.

Me llaman también mucho la atención estos comentarios:

-«Se trata de cumplir la ley, lo demás es demagogia, planteamientos religiosos que en nada tienen que ver con el cumplimiento de la ley, posturas radicales de grupos, entiendo, minoritarios, en la sociedad andaluza y española».

-El PSOE «no quiere [cree] que ese tipo de planteamientos religiosos tuvieran el apoyo ni el respaldo de ninguna organización política». «Esto no puede traducirse en términos políticos. La ley debe cumplirse y punto y lo religioso pertenece estrictamente a la esfera de lo privado».

-«Cuando la ley habla, tenemos que aceptarla todos y también aquellos que interpretan la realidad desde un planteamiento religioso».

Conviene recordar, para quien no haya seguido de cerca el lamentable caso de Ramona Estévez, que las declaraciones del portavoz socialista fueron provocadas por las acciones judiciales de Derecho a Vivir, una plataforma civil que en ningún caso argumentó desde planteamientos religiosos sino exclusivamente a partir de las conductas tipificadas como delito en el Código Penal y, todo lo más, sobre consideraciones de orden médico y deontológico.

Creo que lo ocurrido con el caso Ramona Estévez y las destempladas declaraciones del portavoz del PSOE onubense  -que también es Presidente y Portavoz del Grupo Socialista en el Parlamento de Andalucía-, deben movernos a una profunda reflexión, en línea con el juicio de Weigel sobre las prioridades de los católicos en España.

Y es que, pasados más de seis años de la muerte del gran Juan Pablo II, los laicistas siguen proclamando sin ningún pudor la «marginalidad católica», no ya sólo en su expresión específicamente religiosa sino también en su «sospechosa» propuesta de dignificación de lo humano.  Y parece que a nadie se le mueve un pelo porque nuestro testimonio en la vida pública sigue siendo, salvo honrosas excepciones, tibio e incoherente.

Quiera Dios que ese vendaval del Espíritu Santo que ha representado la JMJ de Madrid 2011 renueve también en nosotros esa «voluntad católica para construir un futuro auténticamente humanista», a la que se refería Weigel.

Jaime Urcelay