Revisando para otro asunto la colección de la revista Historia 16 he encontrado un artículo que me ha llamado la atención. Se llama «Masonería y política en la II República. Los masones en el Ministerio de Instrucción Pública» y está escrito por J. Ignacio Cruz, historiador del Centro de Estudios de la Masonería*.

Me interesa mucho todo lo que tiene que ver con la educación pero no conozco bien este tema específico, sobre el cual supongo que habrá mucho investigado, debatido y publicado. No obstante, el trabajo de Cruz me ha parecido serio y creo que aporta algunos datos y puntos de vista cuya consideración puede ser útil al día de hoy. Me animo por eso a transcribirlos aquí, con la mencionada reserva.

El artículo se fija como propósito dar a conocer las biografías masónicas de algunos de los políticos responsables de la educación durante la República, como paso necesario para calibrar el influjo de la masonería en la política educativa republicana.

De acuerdo con los datos analizados por el autor, la presencia de políticos masones se concentra en el bienio republicano-socialista y en la etapa del Frente Popular, en 1936. La relación es amplia pero puede destacarse que, durante los primeros gobiernos azañistas, dos de los tres ministros de Instrucción (el socialista Fernando de los Ríos y el radical-socialista Marcelino Domingo) fueron masones. También fue masón el socialista Rodolfo Llopis, responsable entre 1931 y 1933 de la Dirección General de Primera Enseñanza. Este mismo cargo lo ocuparía en 1936 un miembro de la Gran Logia Española: José Ballester Gozalvo.

Pero «a pesar de tan nutrido elenco de masones  –aclara el historiador– no existieron equipos ministeriales compactos, amalgamados por la pertenencia a la masonería de todos sus miembros». También «un punto a destacar es la falta de correspondencia entre la pertenencia a la masonería del titular de la Presidencia del Consejo y del responsable de la cartera de Instrucción», lo que debe ser matizado en el caso de Manuel Azaña, cuya vinculación con la masonería sostiene que se limitó a su iniciación en marzo de 1932.

Describe a continuación de manera pormenorizada y con importante aportación de datos la biografía masónica de los políticos del Ministerio de Instrucción Pública, para  finalizar el artículo con Algunas consideraciones finales, sin duda interesantes para entender mejor el decisivo influjo cultural de la masonería en el desarrollo de la educación en la  España contemporánea.

Su primera reflexión quiere desmentir «las tesis contubernistas» sobre la masonería. «Todos los políticos vinculados con la masonería que pasaron por el Ministerio de Instrucción Pública durante el bienio republicano-socialista mantenían en esa época tenues, inexistentes en algunos casos, relaciones con la masonería. Pese a ostentar todos ellos altos cargos en el Gran Consejo Federal Simbólico, el máximo órgano de su obediencia, sólo Rodolfo Llopis acudió a alguna de sus sesiones. (…) Además la presencia de Pedro Armasa entre los responsables de la educación durante los gobiernos radical-cedistas nos indica que la pertenencia a la masonería no implica necesariamente ni una opción partidista ni una orientación política concreta».

Este punto de vista lleva al autor a otra interesante consideración: «la verdadera influencia de la masonería hay que buscarla en otro ámbito distinto. Todos los políticos aquí mencionados, excepto Marcelino Domingo, se iniciaron en la masonería durante la dictadura primorriverista. (…) La llegada de la República modificó su relación con la masonería. (…) Indudablemente, este estrecho contacto influyó en su ideología reformista, origen de la política educativa que trataron de llevar a cabo durante la República. La contribución de la masonería a ésta no hay que buscarla tanto en actos concretos de los políticos masones, en los decretos y órdenes ministeriales firmados por ellos, sino en los conceptos e ideas, los pilares y las vigas sobre las cuales se asentó el edificio escolar republicano».

Saque cada cual, si lo desea,  sus propias conclusiones para el oscuro presente.

Por la transcripción, Jaime Urcelay.

*Historia 16, nº 160, Agosto de 1989, págs. 21 a 27.