La sociedad es víctima de las más variadas técnicas de manipulación por parte de los medios y de los políticos de todo signo, si bien son los de un color más carmesí, bermellón que, contra toda lógica, acaba derivando en morado, quienes mejor y más a gusto las utilizan. La ausencia de principios morales, la utilización de la mentira como arma revolucionaria y la justificación de los medios utilizados para obtener el fin perseguido, facilita, no cabe duda, el manejo del engaño.

Orwell, que había aprendido mucho de los regímenes totalitarios comunistas, nos explicó muy bien el uso del neolenguaje. Consiste esencialmente en llamar a las cosas por lo contrario de lo que realmente son de forma machacona, insistente y unánime por parte de todos los participantes en el engaño. De esta manera, cuando alguien trata de poner en evidencia el engaño se encuentra con la dificultad de explicar que eso no es lo que parece y lo que se nombra, sino otra cosa. Y entre los que han perpetrado el engaño y los que se lo han creído, lo callan por mentiroso, escupiendo sobre su raciocinio y su lógica. De hecho, su definitiva anulación como ser pensante y autónomo se materializa cuando es capaz de afirmar, creyéndolo firmemente, que dos y dos son cinco. Y que lo blanco es negro.

En este momento el uso del neolenguaje en los políticos y en los medios de comunicación es el pan nuestro de cada día. Y, sorprendentemente, cuela en la ciudadanía como si no se conociera esa estrategia. Por ejemplo, cuando un político dice aquello de “nosotros los demócratas” hay que echarse a temblar porque, precisamente, piensa todo lo contrario de sí mismo y de sus proyectos. Cuando los políticos dicen que van a hacer un “plan de transparencia” podemos tener la seguridad de que sus propuestas van a funcionar mejor que la tinta de calamar. Si es un “plan contra el gasto público”, seguro implica diversos observatorios y comisiones para estudiar el gasto que nos van a costar un riñón y parte del otro.

Si el político propone algo “contra la corrupción” es que, indefectiblemente, va a llevar a más corruptelas, mordidas y dinero “pa la saca”. Es para echarse a temblar cuando algún gobierno amenaza con legislar “para la independencia del poder judicial” porque terminamos con un nuevo e innecesario órgano judicial para juzgar a los que tienen que juzgar a los que juzgan, pero ya repartido entre los grupos del legislativo. Si se refiere a la “memoria histórica” hay que dar por seguro que es para desmemoriar y manipular a gusto, cubriendo de paso, con tierra de unas fosas, los huesos de otras. Miedo me da que algún espabilado proponga, y estamos a punto, un “Plan de Reconciliación Nacional” para unos ciudadanos que ya se reconciliaron y entre cuyos nietos, y biznietos, ya andan metiendo cizaña los “reconciliadores orwellianos”.

El neolenguaje ha alcanzado cotas muy elaboradas de cinismo en la ideología de género tratando de eliminar a pisotones la inteligencia y el sentido común de los que nos oponemos a la reingeniería social. Las legislaciones “de género” son todo un monumento al neolenguaje aplicado a leyes orgánicas: Y para leer el trasfondo y la intención que realmente tienen no han de hacer otra cosa que cambiarle el nombre por su antónimo.

Así, por ejemplo, donde ponga “igualdad” no duden un instante que lo que ha de leerse es desigualdad, pues seguro establece discriminaciones positivas y diferencias. Donde pone “salud”, no les quepa la menor duda de que sólo trae mala salud. Donde pone “contra la violencia”, tengan la seguridad de que no se va a hacer nada para erradicarla y sí todo lo posible para mantenerla o amplificarla. Y donde pone “género” hay que leer “prebendas y dinero para lobbies”. De esta forma una “Ley para la Igualdad de Género entre Mujeres y Hombres” debe leerse como “Ley de desigualdad entre mujeres y hombres con prebendas y dinero para lobbies”.

Y con las descripciones de los partidos y las personas el neolenguaje también ha calado hondo: si dicen “progresista”, háganse idea de que el progreso es hacia atrás, concretamente a las inmediaciones del siglo XIX, “altura Marx”, y en las del siglo XX, “altura Stalin”. Con la palabra “facha” sucede lo mismo: el así llamado suele ser persona tolerante, dialogante y moderada que ha caído en el error de manifestar su opinión contraria al “progreso cangrejero hacia Stalin”.

Y si de alguna persona o partido dicen que es “ultra”, no tengan la menor duda de que no es extremista en absoluto, sino moderado,  pero… ¡ay!,  con las ideas claras.

Por ello, si un “neolenguajista” le llama “facha” o “ultraderechista” alguna vez, o muchas, que esta gente del neolenguaje tiende a “rayarse” en los adjetivos como los discos de vinilo, no se preocupe por ello: persevere en su actitud moderada, dialogante, tolerante y firme. Va por el buen camino.

Alicia V. Rubio Calle