Leyendo un artículo de El Mundo sobre los pros y los contras de los vientres de alquiler he encontrado una «perla argumental» que me gustaría transmitirles porque me ha hecho reflexionar sobre varios temas.

El artículo se presenta como una disyuntiva entre el punto de vista de las organizaciones españolas que abogan por la transacción y que lo presentan como un asunto de solidaridad y las detractoras, No somos vasijas, dónde reputadas feministas radicales se oponen a la mercantilización de la mujer y a que se llame subrogación, que suena mucho más fino, a lo que comúnmente se llama alquiler: la cesión temporal de un bien a cambio de dinero.
Efectivamente, los proalquiler hablan de solidaridad con parejas infértiles, pero el dinero que hay por medio deja bastante claras las cosas. Y me voy a ceñir a la comparación que hacen entre el útero y la vivienda en esa frase sin desperdicio al principio del artículo, la perla que les he prometido, en la que se resume el argumentario de los defensores del arrendamiento como presunta solidaridad.

Acoger una futura criatura, darle durante nueve meses una casa donde guarecerse y que así pueda pasar de embrión a bebé;

Al margen de que la solidaridad, cuando tiene detrás cantidades económicas por encima de las cinco cifras, deja de ser solidaridad para llamarse interés, veamos que me pasaría cuando, con un piso de mi propiedad, hiciera una de estas dos cosas:

Os cedo mi piso porque sé que estáis pasando una mala racha.

Precio: ninguno.

Veredicto: SOLIDARiA y beneficiados.

Os cedo mi piso a cambio de un dinero. Comprended que se me generan gastos y bla, bla, bla. Vamos que 10.000 euros al mes.

Precio: 10.000€ al mes. 90.000€ contrato.

Veredicto: ARRENDATARIA y arrendadores.

Cambien piso por útero y viceversa. Y añadan datos como la «solidaria» estadounidense que ya lleva 11 «realquilados» a la vez que se ha solucionado la vida como arrendataria de vivienda (o vendedora de niños). Añadan el caso del arrendador que, tras negociar un precio, se encontró con que la inmobiliaria, que no la dueña del inmueble, le había duplicado el importe. Y añadan el avión fletado por Israel tras el terremoto de Nepal dónde un montón de arrendadores, cuyo problema de infertilidad era de elección propia, pues dos hombres siempre han sido infértiles y se sabe, habían escapado con los inquilinos en brazos, abandonando los pisos de acogimiento y sus arrendatarias (probablemente más necesitadas que solidarias).

Además de esta clara visión de la transacción gracias a la comparación con el pisito, resulta que la tal frase nos da un nuevo enfoque de lo que es un aborto. Primero, se evidencia que es una frase próvida, pues nadie que la suscriba puede ser partidario de que quién necesita una casa no está vivo por lo que, si está vivo, cuando deja de estarlo por intervención humana es que se le ha asesinado.

Pero lo más asombroso es este enfoque que propicia del aborto como desahucio. El desahucio de un ser al que se le da una casa para que pueda prosperar y al que se echa, sin miramientos, del inmueble, pese a su extrema debilidad y la imposibilidad de valerse. Un desahucio que da, en todos los casos, un resultado de muerte.

Con esta nueva perspectiva igual conseguimos que las plataformas antidesahucios vayan a las puertas de los abortorios a evitar semejantes situaciones de injusticia.

Si doña Ada Colau y sus palmeros tuvieran un mínimo de coherencia apedrearían al abortorio más cercano como entidad colaboradora en los desahucios y económicamente beneficiaria de tal desgracia, e impedirían, por todos los medios, la ejecuciones (nunca más adecuada, por cierto, la palabra) de estas sentencias de expulsión.

¡¡Animo doña Ada y compañía!!

Tengo amistados luchando ante esas puertas todos los días, sin medios, sin publicidad sin ayuda, con la angustia de ver desahucio tras desahucio… que agradecerán mucho su apoyo.

Alicia V. Rubio Calle