Si un amigo musulmán me enviara una tarjeta deseándome una bienaventurada celebración del Ramadán, le agradecería sus buenos deseos, pese a que la fiesta en cuestión ni me importa, ni forma parte de mis tradiciones. Y lo haría por dos razones: por educación y por respeto a algo que es importante para esa persona. Jamás me ofendería. Jamás le ofendería con mi disgusto ni mi desprecio. Actuaría igual con la felicitación que recibiera por cualquier celebración religiosa judía o budista. Tampoco creo que se ofendiera por tal circunstancia ninguno de los ilustres diputados de nuestro también ilustre Congreso.

¿Quién puede ofenderse porque alguien te recuerde y te desee felicidad en un acontecimiento que le parece importante, aunque a ti no te interese? Nadie.

Pues no, en nuestro ilustre Congreso, lleno de ilustres diputados, ha habido unos cuantos que se han ofendido por recibir, desde la página oficial del Congreso, una felicitación de Navidad. El respeto por las creencias ajenas y la educación como norma social de buen gusto se terminan cuando se trata de las fiestas católicas. Esas sí ofenden.

Y los ilustres diputados han esgrimido, como razón de peso, que ellos no celebran la Navidad sino las Saturnales, una festividad de invierno romana en honor de Saturno que no se celebra en España hace 15 siglos, década arriba o abajo.

¡Anda que no se han ido lejos a buscar la justificación de sus vacaciones!

Sin embargo, lo que podría interpretarse como una «pataleta con salida de pata de banco», que decía mi abuela, tiene una lectura curiosa que en nada se puede achacar a la casualidad, la irreflexión y la improvisación, aunque no dudo que lo fue.

Las Saturnalia festejaban el solsticio de invierno, el descanso y el premio al trabajo de esclavos y sirvientes, y no tenían en absoluto el componente siniestro del mito de Saturno, obligado a devorar a sus hijos por un pacto con su hermano y por la profecía de que uno de sus hijos le destronaría. Sin embargo, estos nuevos adoradores de Saturno que celebran su fiesta son, efectivamente, digno hijos del mito.

Reticentes a celebrar el nacimiento de un niño que trae un mensaje de paz y hermandad, sin embargo celebran a ese dios que devora a sus vástagos, a un ser despiadado que, por motivos egoístas, destruye a su descendencia. Y lo celebran, porque lo imitan. Porque, a veces las casualidades no son tales.

Estos nuevos adoradores de Saturno que, nada casualmente, en su huída hacia adelante sacrifican sus hijos (y, a buen entendedor, pocas palabras bastan), son aún más despiadados y voraces que su señor: también destruyen su pasado, sus raíces, sus valores y principios, lo que les transmitieron sus mayores. Y tratan de crear un nuevo mundo sin pasado y sin futuro, un bosque de árboles sin raíces y sin hojas.

Pero estos nuevos adoradores de Saturno no se dan cuenta de que no son dioses, que sólo son árboles perecederos y que sin raíces y hojas se condenan a la nada. Que sólo son hombres. Ni más, ni menos. Y que su dios, consecuentemente, los va a devorar por egoísmo, como lógica inferencia del «o tú o yo», como lógico corolario de un pacto con la ceguera y la locura.

Bienvenidos seáis, adoradores de Saturno, a un mundo de árboles enraizados que respiran por sus hojas y celebran los nacimientos. Bienvenidos, aunque os supongo efímeros. La próxima Navidad deseo, porque supongo que os agradará, que os feliciten vuestras fiestas con la imagen de Saturno devorando a sus hijos. Con la imagen de Edipo asesinando a su padre.

Alicia V. Rubio Calle