Al levantarnos de la butaca del cine, mi hija Ichi inmediatamente me puso deberes: «esta película tendrás que recomendarla en Profesionales». Así que aquí estoy con ello.

La verdad es que la superproducción española Lo imposible (J.A. Bayona, 2012) es una de esas películas que da gusto ver por lo bien que armoniza el atractivo del cine  (ritmo, buenas interpretaciones, espectaculares efectos especiales…) con una propuesta de valores y referentes morales constructivos –que respetan «la ley del ascenso del espíritu»–,  presentados con la naturalidad propia del lenguaje cinematográfico. Aunque conviene advertir que la película requiere del espectador cierta buena predisposición para el género de «películas de catástrofes», con todo lo que esto implica.

La historia es sencilla, basada en hechos reales: una familia española  -el matrimonio y sus tres hijos pequeños-  se encuentra de vacaciones en Tailandia en las navidades de 2004, siendo sorprendida por el trágico tsunami que conmocionó al mundo.

A partir de la catástrofe se desencadena una frenética acción para sobrevivir y conseguir el reencuentro de toda la familia. Y ante ese esfuerzo titánico, que no conoce barreras ni contratiempos, uno no tiene más remedio que emocionarse en su butaca  –en mi caso, por supuesto, hasta la lágrima–  al comprobar lo que se puede llegar a hacer –y a resistir– cuando hay un motivo superior para vivir. O hasta qué punto los vínculos familiares pueden proporcionar una fuerza que escapa de cualquier cálculo y de cualquier medida.

Destacaría también el proceso de transformación del hijo mayor, por cierto magníficamente interpretado. Lucas es, al principio de la película, el clásico preadolescente egoistón e individualista pero poco a poco va descubriendo, gracias al testimonio irresistible de su madre, la belleza del servicio y de la preocupación por los demás.

Como habrán comprobado, cumplo con sumo gusto con el «mandato» de mi hija menor de recomendar a ustedes esta película.

Jaime Urcelay