El ministro de finanzas del Japón, preocupado por el aumento del gasto social del año anterior especialmente dedicado a los ancianos, afirmó que «el problema no se resolverá a menos que les dejes darse prisa y morir» .  Y el eco que la noticia está teniendo en todo el mundo refleja la alarma que los periodistas muestran en los medios ante el panorama actual que otros políticos también están llevando a cabo, pero de un modo más «fino» , con sus propuestas de «Leyes de muerte digna» y «leyes de ayuda al suicidio» en varios países.

Estas declaraciones son, pues, bienvenidas porque ponen sobre la mesa lo grotesco que resulta programar que los ancianos vivan menos.  Y también la alarma social que despiertan, como reflejo de un objetivado rechazo ya que conllevan la deshumanización, en su raiz, de la sociedad más civilizada.
 
Las inquietudes financieras y la urgencia por dar respuestas a la crisis actual hacen que la propuesta más primitiva de no respetar la muerte natural, se contagie de un país a otro como la salida más fácil en la búsqueda de soluciones concretas. Sin embargo, no se profundiza en que constituyen por si mismos oportunidades de riqueza por la creación de nuevos puestos de trabajo mediante empresas y servicios que sostengan el cuidado, la atención y el cariño que nuestros ancianos merecen y, así, todos salgamos ganando. Además, si ya está demostrado que el desarrollo de Planes de Cuidados Paliativos ahorran dinero a los Estados y las encuestas de satisfacción otorgan más puntuación cuando los pacientes y familiares son atendidos  por Unidades específicas de Cuidados Paliativos, lo tenemos más fácil como trabajo ya abonado. ¿Por qué no se centran nuestros políticos y siguen este camino?
¿Seremos capaces de mostrar los puntos oscuros que tienen las leyes de muerte digna de Andalucía y Aragón,  a diferencia de la Ley de Navara, más protectora de la vida de los ciudadanos?.  ¿Conseguiremos que nuestro país lidere una necesaria Ley Nacional de Cuidados Paliativos que muestre y contagie al mundo que otras salidas son posibles?
María Alonso