Proseguimos con nuestro proyecto didáctico y divulgativo titulado Líderes para la Historia, con la segunda entrega dedicada a Tomas Moro. La primera entrega sobre este santo la pueden leer aquí.

Todas las personalidades más influyentes e instituciones acabarán doblegándose a la voluntad de Enrique VIII. Aceptarán su divorcio de Catalina (con la que lleva casado desde el 11 de junio de 1509), las segundas nupcias del rey y la escisión de la Iglesia inglesa de Roma. El 2 de mayo de 1534, la Universidad de Cambridge rechaza por unanimidad la autoridad papal. La única excepción vino del obispo John Fisher, ausente, canciller y fundador de St. John’s College. El 27 de junio, el canciller de la Universidad de Oxford y el claustro de profesores afirman unánimemente que el “obispo de Roma” no tiene jurisdicción en Inglaterra. Al final, todas las universidades y doctores del reino suscribirán el acta. Pero Enrique quiere un sí sin fisuras de todos sus súbditos. Por eso, desde el 1 de mayo de 1534, el juramento a la ley de sucesión es obligatorio para todos los ciudadanos del reino de Inglaterra que hayan alcanzado la edad legal.

Moro está sólo. Nadie en la Corte le secunda. Sin embargo, la adversidad no hace mella en su ánimo. Mantiene su alegría y buen humor en todo momento. No pierde la sonrisa ni siquiera en la cárcel. Si gozó de los momentos de poder temporal, cuando la fortuna le sonrió; si disfrutó de los instantes de gloria que da la vida, sabiendo que no son eternos… Por qué no le va a sacar partido también a los tiempos difíciles. Se ha impuesto una tarea: no dejar que los acontecimientos modifiquen sus hábitos de vida. Esté donde esté. Como ahora, cuando su casa se encuentra en la Torre de Londres. Entre esas cuatro paredes desnudas, Moro se viste con más elegancia en los días de fiesta.

Conociendo el temperamento impulsivo del rey, nadie duda de que su rechazo al juramento y al acta puede costarle una larga prisión o la vida. No sería la primera vez. Pero Moro quiere ser coherente con su habitual forma de proceder. Algunos amigos, cuando van a verle a su casa de Chelsea, junto al Támesis, le animan a que actúe como los demás.

En conversaciones en voz baja –son frágiles los muros de las casas de los servidores del rey- le dicen que, de haber sido uno más entre la larga lista de hombres poderosos que ya han cedido a las presiones del “aparato” del Estado, dirigido con mano firme por Thomas Cromwell, Vicario General de Enrique VIII –título que le confiere plenos poderes en materia eclesiástica-, su firma habría pasado prácticamente inadvertida. No así su futuro: seguiría siendo la más alta representación del Estado –sólo por debajo del monarca-, seguiría disfrutando de su querida familia y de los favores de su amigo el rey. En definitiva, seguiría siendo el hombre más influyente de Inglaterra.

Cárlos Cachán