En la Antigua Atenas un sicofante o sicofanta (en griego συκοφάντης sykophantes) era un denunciante profesional. Generalmente cobraba del interesado en denunciar, que no deseaba hacerlo por sí mismo. Eran conocidos y temidos por las personas honradas que siempre podían verse envueltas en una denuncia falsa. A pesar de las fuertes multas que recaían sobre los falsos delatores, los sicofantes llevaban a menudo carreras bastante lucrativas. Tan habituales eran estas figuras que Aristófanes las menciona en diversas obras.

Pasados dos mil años, la odiosa figura del sicofante ha vuelto a la vida. Y siguen llevando carreras muy lucrativas por su odiosa labor. Sólo ha cambiado de sexo por lo que, en este caso vamos a utilizar el término sicofantas, ya que les gustará mucho más y, al contrario que el horroroso término “miembras”, sí está aceptado. Me pregunto si la cosa de miembras será que un brazo es miembro del cuerpo humano y una pierna es miembra. De la cuerpa humana, claro.

Cambia el sexo, ya saben que está de moda eso del cambio de sexo, y cambia también el riesgo, al menos de momento, porque al contrario de lo que les sucedía a los miserables de antaño, las sicofantas de hogaño hasta ahora han salido de rositas, lo que hace florecer el “sicofantismo” como si se le echara abono, que no quiere decir que las sicofantas vivan de la mierda…o sí.

El caso es que efectivamente, las sicofantas han renacido con una estructura francamente admirable y comparable a un ejército. Por poner uno muy organizado… un ejército alemán de la segunda guerra mundial con ese organigrama prusiano y esa determinación de eliminar al enemigo…

Otra diferencia además del cambio de sexo y la organización prusiana, es la labor de “sicofantancia” especializada y dirigida, no a cualquier ciudadano, sino a un grupo concreto al que culpan de todos los males pasados, presentes y futuros de la misma forma que los nazis culpaban a los judíos hasta hacerlos odiosos e infrahumanos: los varones.

Dejando para otro artículo los altísimos mandos, me centraré en cómo funciona el organigrama medio y de tropa del ejército postprusiano de sicofantas abonado con leyes injustas.

Los mandos intermedios reciben dinero y puesto de trabajo “sicofántico” para captar “sicofantillas” fácilmente manipulables, con ganas de venganza y, en muchos casos, pocos escrúpulos. Para ser sicofanta, los escrúpulos son un lastre. Digamos que en el ejército de sicofantas la inmoralidad, como en la mili el valor, se le supone.

Las sicofantillas, manipuladas en muchos casos, capaces de denunciar falsamente a sus exparejas, en la mayor parte de las veces los padres de sus hijos, reciben a cambio los bienes del denunciado, las migajas de un sueldillo por los servicios prestados y alguna otra prebenda. En realidad esta tropa de choque, carne de cañón del arte sicofántico, en el pecado llevan la propia penitencia de una vida llena de odio, un odio que han de renovar continuamente para mantener la impostura y  una miseria moral que no lo pagan las treinta monedas de plata de esos minisueldos que renuevan con más denuncias falsas. Darían pena si no fuera por el daño tan terrible que causan a sus víctimas: ex parejas destruidas en todos los aspectos, hijos manipulados a los que condenan a ser huérfanos de padres vivos y abuelos que lloran cada noche la ausencia de los nietos en sus vidas.

Las que no dan pena en ningún caso son esos mandos intermedios de la “sicofancia” que empujan a “sicofantar” a las “sicofantillas” y las defienden con todo tipo de subterfugios legales a sabiendas de que, el hombre al que están destruyendo, es inocente. Esas se llevan mucho dinero y sólo las mueve la codicia o el odio al hombre, así, de forma general, en una nueva forma de racismo sexual que en cualquier otra circunstancia las llevarían a los tribunales.

De hecho, de los grupos de militancia de estas sicofantas surgen señoras, locas sin duda pero no por ello menos peligrosas, pues son aplaudidas por sicofantas del mundo entero, proponiendo campos de concentración para los hombres, salvo que se sometan a una sociedad que venden como igualitaria en la que la supremacía femenina sea tan evidente como injusta. Otras proponen castrarlos, sin más.

Se preguntarán, igual que yo, cómo es que este dislate no está penado y no se desmonta este ejército de mentirosas amorales… la respuesta es: dinero, la nueva “sicofantancia” mueve miles de millones. Volviendo a la Grecia clásica…¿cómo van a multar a los sicofantes, si muchos personajes con poder se benefician de sus servicios y el dinero que este ejército genera con su incansable labor?

La única forma de que multaran al sicofante era que un perjudicado por las denuncias falsas consiguiera poner en la palestra al mentiroso con pruebas evidentes de su “sicofantismo” galopante.

Pues estamos de enhorabuena. Un hombre falsamente denunciado, ha conseguido llevar al banquillo a lo más granado del “sicofantismo” actual. Todo un hito de la lucha particular contra las falsas denuncias a la que todos deberíamos sumarnos para someter a este odioso ejército de sicofantas, además de a la ley y el castigo, a la reprobación pública y a la evidencia de que ya conocemos todos sus manejos.

Mujeres que han hecho del sicofantismo y la mentira su forma de vida, cuyo currículum es un monumento a la participación en la impostura y que ostentan altos puestos en ese ejército de asociaciones innecesarias y carísimas regadas con incontables fondos públicos.

Enhorabuena, Jesús Muñoz.

Alicia V. Rubio Calle