ciudadanos

En los últimos meses, generalmente de tapadillo y en plan chismorreo, hemos oído murmurar que Profesionales por la Ética y los objetores a EpC «querían hacer política», algo que, para el mundo bienpensante y acomodado, es absolutamente inadmisible y torticero.

Una de las acepciones del término política afirma que es «la actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos públicos». Es evidente que ni Profesionales por la Ética ni (que yo sepa) las plataformas y asociaciones que abanderan la oposición a EpC y al adoctrinamiento de sus hijos en la escuela pretenden gobernar España. Para eso están los partidos políticos, por supuesto.

Pero, ¿por qué no va a influir la ciudadanía en la acción legislativa y en las decisiones que les afectan? ¿Es hacer política defender la libertad de enseñanza y hacer propuestas al Gobierno o a los partidos? ¿Es hacer política sacar los colores o felicitar efusivamente a un gobernante o a un administrador público por su actuación? ¿Es hacer política exigir que se respeten los derechos fundamentales de padres y ciudadanos?

Y es que me temo que muchos de los que critican esas supuestas «intencionalidades» políticas de las asociaciones cívicas y las plataformas de padres en realidad quieren decir lo que aconsejaba (según cuentan) Franco a uno de sus ministros: «haga como yo, no se meta Vd en política». Es decir, que algunos piensan que, para hacer «política», en el sentido de influir en los asuntos públicos ya están ellos, apoltronados en sus silloncitos, con sus carguitos y componendas, representándose a ellos mismos.

Curiosamente, los que nos acusan de «politización» de las cuestiones sociales (como si éstas no tuvieran dimensión pública alguna y ellos estuvieran jugando al golf) son los mismos que han renunciado a criticar las decisiones de uno y otro partido sólo porque son «los suyos» o porque «no vamos a morder la mano que nos da de comer» (sic). Así renuncian a ejercer su responsabilidad ciudadana en una sociedad democrática y contribuyen a consolidar la dictadura de los aparatos de los partidos, que de, esta manera, monopolizan o controlan la participación social.

Teresa García-Noblejas