Estamos a solo unos días de las elecciones autonómicas de Cataluña que, de proporcionar la mayoría a los secesionistas, podrían concluir en la proclamación del Estado catalán. La pretensión, ciertamente, resulta cansina y responde a una hoja de ruta puesta en marcha por una minoría que, golpe a golpe, ha ido convenciendo a la población de las bondades innatas de la ruptura con el resto de España.

¿Cómo has llegado hasta aquí? Pues sencillamente, y en mi humilde opinión, debido a cuatro factores de dimensión ética. Algunos ya se han comentado pero otros se ocultan porque a nadie le interesa sacarlos a la luz. Son estos:

  1. La vergonzante renuncia a promover España como nación. Podemos echarle la culpa a la Historia, a Franco, a la generación del 98 o a los nacionalismos decimonónicos. Pero la realidad es que las instituciones, los partidos políticos mayoritarios, los medios y la mayor parte de la sociedad civil (y eclesiástica) llevan décadas avergonzándose del nombre de España, a la que parece que solo se le puede nombrar para hablar de deporte (no siempre). Y esta realidad ha impregnado la vida política social y política y la educación desde la Transición.
  2. La pasividad social. Una minoría activa va a decidir el futuro de España (no solo de Cataluña) porque una mayoría de españoles y catalanes «pasan» del tema. Esa es la realidad. La sociedad española (también la catalana) es acomodaticia y deja que otros (el Estado, los partidos, las minorías organizadas) decidan por ella. Con terribles consecuencias para todos, pero ya habrá tiempo de echarle la culpa a los gobiernos, a los políticos, a los partidos o a los medios…
  3. Los intereses. Empresarios, élites intelectuales, centros educativos y universidades… han ido de la mano de los nacionalistas (ahora secesionistas) obteniendo prebendas varias en una inmensa bola de corrupción económica y egoísmo insolidario cuyo fin es lograr el propio beneficio a costa de lo que sea. Y dejándoles hacer mientras llenaban sus bolsillos sin medir las consecuencias.
  4. La deslealtad institucional. La ruptura de hecho del pacto constitucional alentada por Zapatero, tolerada por Juan Carlos I y acelerada por los secesionistas es un golpe de Estado en toda regla, con guante de seda e incruento. Pero deslealtad y golpismo al fin. Y no ha venido de repente. Llevan tiempo avanzando y demasiados riéndoles las gracias.

Y estas son las claves. Es hora de que la sociedad española, en realidad cada uno de nosotros, asuma que la democracia es tomar las riendas, implicarse y participar y no dejar que otros decidan en nombre de la mayoría que, hasta hoy, permanece silenciosa.

Teresa García-Noblejas