En las últimas semanas se han producido dos episodios que no son nuevos y que amenazan con aumentar.

El primero sucedió la semana pasada en Madrid, en dos facultades de la Universidad Complutense, con motivo de la presentación de un manifiesto en favor de la vida, un acto pacífico donde los haya. Al inicio del acto, una auténtica turba de supuestos estudiantes lo intento boicotear con gritos, empujones, destrucción del manifiesto…Entre los gritos, vamos a quemar la Conferencia Episcopal, fuera fascistas de la Universidad, con ellos a Paracuellos (donde hay al menos 5000 personas enterradas tras ser fusiladas en 1936 por milicianos marxistas). El rectorado no garantizó ni la convivencia ni la libertad de expresión de los estudiantes pero, con su omisión, amparó a los radicales violentos.

El otro episodio tuvo lugar en Madrid el sábado pasado. Llaman la atención el centenar de heridos y los destrozos ocasionados. Pero, con ser grave la enorme violencia desatada, más preocupante me han parecido las proclamas de los dirigentes de esa manifestación afirmando que violencia no es la que hicieron sus huestes sino los deshaucios y los recortes. Los gritos de este Gobierno no es legítimo y el poder está en la calle son toda una declaración de principios, una invitación al golpe de estado que, en España, solo se condena cuando es, presuntamente, de corte conservador.

Me temo que de aquí a 2015, coincidiendo con etapas preelectorales, estos episodios bien organizados se van a multiplicar con el fin de crear un clima prerevolucionario. Como pretexto, la crisis y las políticas del Gobierno. Como ideología, republicanismo, anticapitalismo y anticlericalismo; este último, furibundo. Como armas, las amenazas y las agresiones.

Además de la labor policial, totalmente imprescindible para prevenir y reprimir, hay que exigir a los que coquetean o hacen guiños a la izquierda radical, las asociaciones, sindicatos y entidades que participan y convocan, se posicionen con claridad y públicamente, con palabras y hechos, a favor de la convivencia pacífica, las libertades fundamentales y el rechazo de la violencia como arma política, sin justificarla lo más mínimo. De no hacerlo, son más culpables que el que pega patadas a los policías o empuja a estudiantes universitarios.

Teresa García-Noblejas

Nota: Foto de Carmelo Jordá para Libertad Digital.