Ya dijimos que, tras diversos planes contra la siniestralidad vial, se consiguió bajar sustancialmente el número de accidentes y víctimas porque, cuando se hacen estudios claros, serios y ajenos a condicionantes ideológicos y se determinan las causas, se consiguen resultados. Por ello, desde hace tiempo la cifra de muertes por accidentes de tráfico ha dejado de ser la más alta del apartado estadístico de muertes violentas.

El dudoso honor de ser la cifra más alta de muertes violentas recae en el suicidio, que prácticamente triplica la de muertes en carretera, y sigue creciendo ante la indiferencia de los poderes públicos, a los que no parecen importarles las vidas de los desesperados ni afectarles sus muertes. La cifra de 3.870 muertos en el año 2013 empieza a resultar preocupante para todos menos para los que pueden hacer algo por bajarla.

Porque, a esa cifra de muertos anuales que podrían llenar uno de los mayores teatros del mundo como el Opera Metropolitan House de Nueva York y cubren más de dos veces el aforo del Teatro Real de Madrid, hay que añadir los suicidios encubiertos, lo que los expertos llaman “bolsas de cifras negras”: la cifra de las personas que terminan con su vida utilizando un accidente de coche o un accidente laboral y no figuran en las estadísticas de suicidio. Sin embargo, un número que eleva al cuadrado la cifra media de las 60 víctimas de violencia de género no parece merecer un estudio serio para tratar de determinar las razones y poner en marcha medidas que reduzcan tanto sufrimiento.

El análisis pormenorizado de las causas de todos estos suicidios puede dar una visión clara de la forma de abordar las soluciones, pero no se hace. Se sabe que la cifra de los varones triplica la de mujeres. Se conocen, de forma no sistematizada, las causas que empujan a una persona a quitarse la vida, como pueden ser enfermedades mentales, problemas familiares, situaciones de desamparo económico, paro, rupturas amorosas… que en muchos casos es solamente la gota que desborda un vaso que debería resultar posible sospechar que está llenándose. Sin embargo, no hay análisis estadísticos rigurosos, ni organismos que centralicen datos y los estudien.

Tampoco hay apenas unidades de prevención de suicidios pese a que existe un porcentaje de suicidas que han sido reincidentes, ni programas de psicólogos y psiquiatras que atiendan situaciones previas. No hay centros de atención a los que pueda recurrir el entorno familiar cuando se producen procesos depresivos exógenos en sus seres queridos a los que, un suceso desencadenante, puede empujar a  la eliminación de la propia vida. Ni hay asistencia a las familias de los suicidas cuya aceptación del duelo resulta especialmente complicada por no encontrar una causa asumible y sí muchos interrogantes y sentimientos de culpabilidad.

El suicidio es un tabú del que no se habla, ni se informa por ese presunto efecto imitativo que los psicólogos clínicos niegan suceda en la mayor parte de los casos, pero que no debería afectar al estudio de causas y a planes específicos de prevención y ayuda.

Lo mismo que en otras desgracias sociales, deberíamos intentar llegar lo más cerca del índice de inevitabilidad con análisis rigurosos, fondos públicos y profesionales preparados. ¿Valen menos sus vidas? ¿Producen menos dolor sus muertes? ¿Alguien puede afirmar que no hay nada que hacer para reducir la cifra?

Alicia V. Rubio Calle