He vivido cuatro veranos en Berlín y, por azar y con intención, este es mi primer estío en Múnich. Son dos ciudades completamente diferentes. La Izquierda gobierna la capital alemana y el lema de Wowereit, su emblemático alcalde, “Berlín es pobre pero sexy” expresa a la perfección la esencia de una urbe que se aproxima a España en sus resultados del informe PISA. A pobre y sexy habría que añadir “con una pésima educación”, tanto en las aulas cuanto en la calle. Mis experiencias cotidianas y académicas con los berlineses han sido, cuando menos, decepcionantes. He padecido profesores de alemán en el Goethe Institut que no hubieran superado ni el más sencillo de los accesos a cualquier filología germana. Mi sagrado tiempo y mis escasos ahorros han fluido raudos por las alcantarillas de la ciudad estigmatizada por los totalitarismos. Comunismo y nacionalsocialismo han engendrado desdén a lo extraño y diferente y alergia a la cortesía más común y elemental. La romanización brilla por su ausencia. Bruscas respuestas por las calles, cuando responden. Miradas de desprecio en los supermercados, cuando miran y no soslayan. ¡Un viandante me llegó a espetar, en un alemán ininteligible, mi obligación de caminar en fila india para que su majestad pudiera “cabalgar” con libertad y sin interrupción!

Berlín es atea, agnóstica o de religión ecológica. Múnich es católica y de derechas. Los tontos y arrogantes muniqueses, como los consideran los bárbaros del Norte, tienen un 5% de paro (Berlín supera el 20%), ocupan un lugar privilegiado en el informe PISA, su civismo se traduce en una abierta disposición a lo ajeno y extranjero, su hilaridad no es constreñida sino espontánea, su atención en establecimientos y servicios públicos es casi latina y, lo más importante, su nivel profesional en el aprendizaje del alemán es sobresaliente. ¡Caray con los tontos!

La huella del comunismo y su uniformidad disfrazada de igualdad subyacen en la sexy Berlín, admirada y venerada por miles de “progres” españoles que patean sus calles disfrazados con cholas, bicis y toda indumentaria trendy, que mola pero nada sabe de diferencia y distinción. El capitalismo muniqués y sus trasnochadas tradiciones, incluida la religiosa, emerge con furor al punto de la mañana, se mueve con rapidez y alegría -la que exigía Nietzsche para su hombre superior- y trabaja con eficiencia y seriedad, aunque sin dejar de reírse de los pobres sexys del Norte.

Montserrat Bartolomé

Múnich, 26 de julio de 2009