La austeridad no es una virtud que tuviese buena acogida en general. El consumismo parecía haber ganado la partida definitivamente y el renovar el armario y no repetir vestido en las bodas o en las cenas con amigos o el seguir la moda a rajatabla parecía ser algo que se daba tan por descontado como el hacer viajes exóticos o el conocer los restaurantes de moda. Y sin embargo la crisis viene en nuestra ayuda y nos da la oportunidad de liberarnos de semejantes esclavitudes y apuntarnos a la austeridad. Es el mejor momento de hacerlo porque «con la que está cayendo» (cuántas veces al día oímos  ahora esa expresión??) la ostentación está de capa caída, está mal visto pasarse de la raya y sin embargo se ve con naturalidad y simpatía el medir lo que se gasta, el privarnos de lo superfluo y comprar realmente sólo lo que necesitamos, solidarizarnos así con los casi 6 millones de parados. Y, de paso, echando una mano en lo que podamos porque parece como que no puede uno mirar para otro lado o seguir como si nada. Es el momento de aferrarse a una virtud que es auténtica libertad, es un «y a mí qué» fantástico.

Y si en nuestro caso la crisis nos empuja a una austeridad forzada y rigurosa, no desaprovechemos esa oportunidad para hacer de ella un hábito y no quedarnos esperando a que pase el chaparrón para volver a lo de antes y alegrémonos porque hay mucho bueno que podemos sacar de una situación mala.

Además cuando nos tenemos que tomar en serio la austeridad porque no queda otra, nos asomamos un poquito a la realidad de tantísima gente que lo pasa mal y les miramos y tratamos de otra manera. Porque empezamos a entender que lo duro no es ya solamente el hecho en sí de no tener sino que ese no tener implica dejarse ayudar con la humillación que a veces conlleva. Pero ahí hay otra fuente de libertad porque asumimos nuestra debilidad y nuestra necesidad de los demás y dejamos de querer demostrar lo que en realidad no somos. Y eso da una paz….

Así que todo son ventajas!

Leonor Tamayo