Juramento Hipocrático en griegoEl último caso sobre dilemas éticos en la asistencia a enfermos en estado de inconsciencia, publicado por los medios en los últimos días, es el de María Antonia Liébana Ríos, una enferma comatosa que falleció tras ser sedada. Con el propósito de aclarar la información confusa que circula en los medios sobre este caso, se presenta a continuación un análisis desde la deontología médica.

Se trataba de una mujer de 79 años con antecedentes de demencia senil, que presentó un infarto cerebral masivo, quedando en estado de coma, precisando por ello atención en un centro hospitalario. 

 La médico que le atendió consideró indicada la alimentación por sonda nasogástrica y la hidratación con suero como medidas de soporte, lo cual fue, a su vez, ratificado con la orden judicial correspondiente.

 La familia solicitó asesoramiento a la Asociación de Derecho a Morir Dignamente. Médicos de esta organización, una vez en el domicilio de la paciente, y tras valorar su enfermedad de base y los «valores familiares», pautaron la medicación que creyeron oportuna, falleciendo la paciente en las horas siguientes.

 Valoración ética

Se trata de un caso en el que el médico debe de tomar una decisión sobre la limitación del esfuerzo terapéutico, sobre una maniobra terapéutica considerada como cuidados básicos, ya que se refiere a la alimentación y la hidratación que no se niega a cualquier persona que lo necesite o con minusvalía. Por lo que, desde el punto de vista deontológico, la conducta  profesional inicial fue correcta, pues la alimentación e hidratación están consideradas como soporte vital ordinarios. No obstante, puede considerarse que una sonda nasogástrica podría retirarse si el paciente está en fase agónica, situación en la que no se encontraba la paciente.

 La asociación Derecho a Morir Dignamente defiende  como objetivo » elegir libremente el momento y los medios para finalizar la vida», lo cual no se corresponde con los Códigos de Ética de las profesiones sanitarias.

 La administración posterior en el domicilio de la paciente de sedación terminal a una dosis adecuada no podría causar la muerte a las pocas horas, salvo que las dosis hayan sido extremas.  

 Por otro lado, la sedación terminal es una herramienta terapéutica que no ofrece conflicto ético alguno y que está indicada para tratar síntomas que no respondan a otros tratamientos, buscando el alivio sintomático del paciente y su calidad de vida. Por lo tanto, no estaría indicado aplicar un tratamiento de sedación terminal en un paciente sin síntomas, como es este caso. El médico, además, no podría nunca estar obligado a poner este tratamiento si no existe esa indicación. María Antonia estaba en coma y al estar en esta condición no presentaba ningún tipo de sufrimiento, por lo que no es comprensible que hiciera falta ninguna sedación.

  El caso descrito no puede ser etiquetado como eutanasia porque en su definición además de ser causada la muerte de modo directo, se exige que deba existir una solicitud expresa por parte del paciente. En este caso, la definición correspondería, según la terminología médica consensuada en los últimos trabajos, a una muerte intencionada, si se confirmara la causa directa de la muerte por acción del fármaco y por no ser voluntariamente solicitada.

 Finalmente, consta en el Certificado de Defunción como causa de muerte  una parada cardiorespiratoria tras un accidente cerebrovascular extenso (¿repetido casualmente en ese momento?), lo que según la acción inmediata aplicada no parece la causa más probable. Al menos, debería ser demostrado.

 

María Alonso

Médico de Familia

Comunidad de Madrid