Hace unos días aparecía como noticia de portada en un periódico gratuito de asombroso y desvergonzado sectarismo, la «discriminación flagrante» (ese era el término que utilizaba el pasquín) que había sufrido una pareja de homosexuales casados quienes, al solicitar el impreso internacional  de matrimonio, se encontraron con la desagradabilísima sorpresa de que, en las casillas para los nombres,  ponía marido y mujer.

Como es obvio, no había mujer a la que apuntar y los maridos estaban indignados por semejante ofensa. En enorme foto de portada, los cariacontecidos maridos mostraban la certificación del acta matrimonial agraviante con la inadmisible ofensa subrayada en rojo para que se evidenciara más el abuso, la voluntad maligna de herir sus sentimientos.

En el interior se ampliaba la información que, ciertamente, no daba mucho de sí: resulta que el pérfido documento se aplica por convenio internacional y, al parecer, hay países en el convenio no son tan «guays» y modernos como los españoles y actúan como si el matrimonio fuera la unión entre un hombre y una mujer. Como es un documento plurinacional, no puede cambiarse de forma unilateral. Los maridos declaraban que «al principio lo tomamos con humor, un error sin mala intención, pero pensándolo detenidamente, cabrea bastante», lo que me hace pensar que, si bien en un primer momento actuaron con sentido común, al final decidieron darse por ofendidos, agraviados y discriminados, supongo que por si era posible rascar alguna indemnización por semejante conculcación de derechos. Y porque la postura del colectivo homosexual es el permanente victimismo y la permanente reivindicación de derechos  por encima del resto de los ciudadanos.

Como, leída la noticia completa, no parecía haber en el asunto ninguna discriminación buscada, ni ánimo de ofender, sino la mera constatación de que una realidad surgida con el propio ser humano, el matrimonio de un hombre y una mujer,  se reflejaba en un documento,  no se entendía muy bien el revuelo informativo. Si encima se tiene en cuenta que las casillas marido – mujer son válidas en la inmensa mayoría de las uniones, al final la alerta se queda en que estos dos maridos constituyen una unión diferente a la que desde tiempos inmemoriales ha sido un matrimonio y por ello no encajan en la documentación.

Es evidente que estos dos ofendidos maridos no son un marido y una mujer y, por ello, no son un matrimonio por mucho que así se le quiera llamar, lo mismo que si yo me empeño en llamar mesa a un  recipiente con dos asas, éste nunca será una mesa sino una cazuela.

Y si tengo que rellenar un impreso con las características principales de la mesa, y como no me encaja la descripción de las patas, me empeño  en que cambien las características para que admitan las asas, la cazuela seguirá siendo una cazuela a la que se le llama mesa.

Total, que para ese periódico era un notición de portada que los certificados matrimoniales internacionales pongan en unas casillas marido y mujer Para mí, lo único relevante es que estos dos maridos crean realmente que su firme voluntad de ser un matrimonio, más unas leyes que ratifican que una mesa es una cazuela, les hace serlo.

Alicia V. Rubio Calle