CruceroDe un tiempo a esta parte, la opinión pública y los responsables políticos están tomando una mayor conciencia de la realidad de la persecución religiosa. Sangrientos acontecimientos como los de Egipto o Irak han contribuido, dolorosamente, a situar el problema en primer plano de la actualidad, aunque no siempre con las consecuencias que la gravedad de estas situaciones exige.

Benedicto XVI está dando una especial importancia a la libertad religiosa como «primer derecho» del hombre, no sólo porque históricamente ha sido afirmado en primer lugar, sino porque tiene por objeto «la dimensión constitutiva del hombre, es decir, su relación con el Creador». La condición religiosa de la persona es -afirma- «una característica innegable e irreprimible del ser y del obrar del hombre, la medida de su destino y de la construcción de la comunidad a la que pertenece». Por eso proclama la libertad religiosa como el «camino fundamental» para la construcción de la paz.

Recientemente el Papa ha dedicado una amplia reflexión a este tema en su encuentro con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede[1]. El texto es un completo tratado sobre los fundamentos y la importancia de la libertad religiosa así como sobre las concretas restricciones que hoy sufre.

Una de sus reflexiones es la relativa a las amenazas que hoy se ciernen contra el pleno ejercicio de la libertad religiosa en Occidente. Se trata de una situación no sangrienta  -a diferencia de Oriente-  pero son también lesiones injustas y graves contra el derecho de todo hombre a «buscar y servir a Dios libremente en su corazón, en su vida y en sus relaciones con los demás». Son, además, situaciones que a los españoles nos resultan muy próximas y a las que no podemos acostumbrarnos como parte de nuestra «normalidad».

La primera de las amenazas señaladas es la marginación creciente de la religión en contextos supuestamente de tolerancia y pluralismo. La religión se quiere presentar como «un factor sin importancia, extraño a la sociedad moderna e incluso desestabilizador, y se busca por diversos medios impedir su influencia en la vida social». Es ese «laicismo agresivo» que el propio Papa denunciaba en su viaje a Santiago. La religión se pretende reducir a un ámbito privado pero eso es ilusorio porque la conciencia cristiana podría terminar por no significar nada. La pretensión de restringir la objeción de conciencia en los ámbitos profesionales es un buen ejemplo.

Otra marginación del cristianismo consiste en desterrar de la vida pública fiestas y símbolos religiosos por un  supuesto respeto a los que pertenecen a otras religiones o no creen. Se atenta así no solamente contra el derecho de los creyentes a expresar públicamente nuestra fe, sino también contra «las raíces culturales que alimentan la identidad profunda y la cohesión social de muchas naciones», de las que España constituye un paradigma.

Menciona también el Papa la obstaculización a través de la legislación de la libertad de las comunidades religiosas para trabajar en la sociedad con iniciativas en el ámbito social, caritativo o educativo. Por el contrario y en este último e importantísimo ámbito, corresponde a los Gobiernos «promover sistemas educativos que respeten el derecho primordial de las familias a decidir la educación de sus hijos, inspirándose en el principio de subsidiariedad, esencial para organizar una sociedad justa».

Finalmente, el Papa se refiere a una cuestión de plena actualidad en nuestra patria: la libertad religiosa de las familias se encuentra amenazada «allí  donde se han impuesto la participación en cursos de educación sexual o cívica que transmiten una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón». Las asignaturas españolas de Educación para la Ciudadanía, el capítulo de educación de la Ley del Aborto de 2010 o los aberrantes «talleres de educación sexual y para la salud» que, sin control alguno de los padres, se imparten hoy en muchos centros escolares son evidencias de lo que el Papa parece quiere decir.

No corren tiempos fáciles y podemos tener la tentación de resignarnos a la injusticia o, simplemente, mirar para otro lado como si se tratase de «amenazas menores» contra la libertad religiosa. Benedicto XVI advierte en su discurso que «no se puede crear una especie de escala en la gravedad de la intolerancia contra las religiones».

El respeto a la libertad religiosa en toda su amplitud  -reclama el Santo Padre-, «necesita del empeño de toda la familia humana». Nosotros, como laicos católicos, ciudadanos «auténticos y originarios» en una sociedad democrática, estamos llamados a ser los primeros en defender y ejercer el derecho de todos a la libertad religiosa también en esta comunidad para el bien común que se llama España.

Jaime Urcelay

Presidente de Profesionales por la Ética

(Artículo publicado en el boletín del Consejo de Laicos de la Archidiócesis de  Madrid)


[1] «Discurso del Santo Padre Benedicto XVI al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede», Palacio Vaticano, Sala Regia, 10 de enero de 2011. El texto completo puede encontrarse en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2011/january/documents/hf_ben-xvi_spe_20110110_diplomatic-corps_sp.html