Estamos viviendo desde hace años la ampliación de los derechos humanos con una serie de neoderechos que, de una forma u otra, conculcan los derechos más fundamentales y que, lejos de hacernos más libres y seguros, nos cercenan libertades y hacen la vida más insegura e injusta.

Neoderechos surgidos de una teoría basada en la mentira de que hombres y mujeres somos iguales en todo, intercambiables como piezas idénticas y que es la educación y no la biología lo que nos hace ser varones y hembras.

Esta llamada «ideología de género», magnifica la educación y olvida todos los factores biológicos, genéticos fisiológicos… que nos hacen diferentes.

Para todos es evidente que hombres y mujeres somos iguales en derechos y dignidad pero que, a partir de ahí, nuestros gustos, percepciones, deseos, comportamientos, habilidades… son completamente diferentes. Y no es la educación sino la naturaleza la que, ajena a lo que opinen los ideólogos de género, nos conforma para sus fines.

Por fin, un dirigente político lo ha dicho: El presidente Correa.

El hecho de que hombre y mujer sean iguales implica la erradicación, como sea, de cuanto nos sigue diferenciando: la maternidad y la paternidad, los gustos y diversiones en los ocios, las elecciones personales de empleos, la forma de pensar y de actuar…

Y para conseguir esto hay dos formas de actuación: la aparición, con campañas previas de adoctrinamiento social, de neoderechos que conculcan los fundamentales y la imposición de comportamientos.

La mujer debe vivir una sexualidad como la masculina y si hay consecuencias indeseadas, se eliminan. Los hombres y las mujeres deben figurar en todos los ámbitos en igual número con independencia de sus valías o deseos, convirtiendo en pistas de baile por parejas cualquier organismo, o profesión.   

Los niños deben ser instruidos desde pequeños en esa mentira, eliminarles los referentes y deben jugar y comportarse por igual. Los padres, como educadores y como claros referentes de alteridad sexual, sobran. Las religiones, con su concepción antropológica del ser humano y su atribución de dignidad sagrada a todos los seres humanos, molestan.

La ideología de género tiene en su punto de mira a toda la sociedad tal y como la conocemos pero son, precisamente, los colectivos más vulnerables y que menos pueden defenderse, los que pierden sus derechos más básicos y fundamentales en beneficio de colectivos muy beligerantes y en absoluto desprotegidos o vulnerables.

Los niños no votan, ni tienen voz en ningún organismo internacional. Y en este momento los menores, los niños en todas sus etapas de crecimiento, están siendo utilizados como una mercancía cuya presencia o ausencia en las vidas de los adultos se elige, como se elige un sofá cómodo, o se rechaza otro. Los menores, en estos neoderechos, son tratados como objetos que se compran o se tiran para mejorar la confortabilidad de otros seres humanos, esos sí, con derechos. Con muchos derechos. Porque a medida que crecen los derechos de algunos, desaparecen los derechos de otros. En este caso, de los menores.

Alicia V. Rubio Calle