Hace un tiempo, asistí a unas jornadas sobre “ideología de género” que me ilustraron de forma valiosa sobre el asunto aunque realmente yo ya tenía bastante idea sobre el tema.

Salvo en una de las ponencias, que se llamaba “mesa trans”, en ningún momento me fijé si los ponentes que se sentaban en el escenario eran hombres o mujeres. En el caso de los trans, el hecho de que hubiera tres mujeres muy grandes y dos hombres muy pequeñitos, me hizo pensar un momento en su adscripción a un sexo, a fin de determinar la situación original y adquirida de la misma. Fue un momento. Eran tres hombres transexuales a mujer y dos mujeres transexuales a hombres. Personas, de cualquier modo.

En el resto de las jornadas escuché atentamente, cogí apuntes y contrasté con mis conocimientos la sarta de mentiras acientíficas que nos estaban largando a costa del erario público.

La última ponencia corría a cargo del sindicato que organizaba el invento y los colectivos afines. El primer ponente nos atizó un mitin, el segundo, un rollazo sin mucho fundamento y el tercero, que era una mujer, me dio, por primera vez, información de esa patología del género que, como todas las enfermedades, da unos síntomas claros y evidentes que he podido constatar en diversas ocasiones y de los que quiero informarles por su propio bien.

Les cuento: La tal ponente empezó su discurso diciendo que llevaba varios días preocupada porque, como era la única mujer de la mesa, tenía que demostrar que no era inferior pero, a su vez, esa enorme responsabilidad de representar al sexo femenino era tan agobiante que le eliminaba la posibilidad de demostrar sus valías como oradora.

Yo, desde mi humilde asiento al fondo de la sala, escuchaba todo aquello con los ojos como platos. En breves instantes me apercibí, cosa que no había hecho hasta entonces, o no lo había procesado por irrelevante, que los ponentes eran cuatro hombres y una mujer.
Segundos después me preguntaba si todo ese discurso sin sentido era porque no sabía qué decir, o porque realmente le preocupaba hasta la alienación mental ser la única mujer.
Seguí escuchando aquella sarta de estupideces… “si digo esto, van a pensar que soy tonta, si digo lo otro van a creer que me quiero hacer la lista…”. Así, veinte minutos, que se dice pronto.

Me daban ganas de levantarme y ayudar a la ponente en su drama existencial diciéndole algo tan simple como: “no se coma tanto el coco, buena mujer, usted es un ser humano y su entrepierna no tiene nada que ver con su inteligencia. Díganos lo que nos tenga que decir sin pensar lo que pensamos o dejamos de pensar, que nos va a volver locos”.

No comprendía yo cómo, en un foro en el que se dice miles de veces que hombres y mujeres somos iguales, no hacían más que insistir en que “yo soy mujer y tú eres hombre” mientras que, en ningún otro lugar de los mucho a los que he asistido, en los que no se postula la igualdad, se ha dado jamás importancia al sexo de los ponentes.

Evidentemente, la buena señora tenía algún tipo de patología mental obsesiva. Sin embargo, lo que no me imaginaba yo es que era contagiosa. Esto del “género” debe ser algún virus que, dependiendo del tipo de cerebro, afecta de forma grave o leve. En mi caso, pasé este “sarampión” de forma leve y con alguna secuela sin importancia. Me explico: durante una temporada, tras la charlas de la enferma obsesiva del género, me encontraba, a mi pesar y en contra de mi voluntad, contando los hombres y mujeres de los acontecimientos, cursos, foros y fiestas a las que asistía, diciéndome: “aquí hay ocho mujeres y cinco hombres, la enferma obsesiva podría dar un buen discurso sin sentirse coaccionada por su inferioridad numérica…” “Aquí hay seis hombres y dos mujeres… “. Mi vida se convirtió en una especie de ridículo y extraño concurso de cifras y letras: H11-M7. Gana H por 4.

Con el tiempo, los síntomas remitieron aunque sé que, tras escribir este artículo, volveré a tener una leve recaída. Y lo que es peor, ustedes, por leer este texto, se sorprenderán en los próximos días contando aforos de hombres y de mujeres a ver quién gana y acordándose de mí de forma muy poco halagüeña por haberles contagiado el virus.

No se preocupen: se cura y, como con toda enfermedad, la versión benigna crea anticuerpos e inmuniza para las variantes más agresivas de tan lamentable enfermedad. Además, seguro que, en alguna ocasión, todos ustedes ya habían tenido algún brote: ¿quién no ha contado “a ojo de buen cubero” en alguna fiesta y, ante el descubrimiento de que el sexo contrario era mayoría, no se ha dicho: “muy mal se me tienen que dar las cosas para que no ligue yo hoy”?

Mientras pasan la convalecencia, me gustaría que me ayudaran a solucionar los dos enigmas que todavía sigo sin resolver:

el enigma que la ponente obsesiva creó en mi cerebro: no tenia discurso porque era tonta, era tonta porque realmente le preocupaba ser la única mujer o era una” lista” que pensaba que los demás somos tontos de capirote.

2º el enigma de quién ganaba la ratio de representatividad en la mesa trans.

Otra cosa, por primera y única vez agradezco poder usar la palabra “género” en vez de sexo, manipulación idiomática a la que me niego por principios. ¿Se imaginan el título del post en caso contrario?

Alicia V. Rubio Calle