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EpC, un telón de acero educativo

Imagen inspirada en la iconografía del album «The Wall», del grupo Pink Floyd

Un mundo feliz, así se titula la más famosa de las novelas de Aldous Huxley. El escritor inglés describe en su libro, publicado en 1932, una sociedad futurista donde un macro-Estado mundial ha erradicado todo conflicto de entre sus ciudadanos a costa de erradicar también la familia, la religión, los afectos y, en última instancia, la libertad de las personas. En la pesadilla soñada por Huxley, individuos hedonistas y asépticos viven sus tecnificadas existencias y, en el caso de tenerlas, ahogan sus penas recurriendo a los dos remedios que el Gobierno promueve para estos casos: la farmacopea y la promiscuidad sexual. Curiosamente, en los manuales de EpC podemos encontrar una utopía muy similar a la descrita en la novela de Huxley.

Un ejemplo: los objetivos que para dicha asignatura marca el temario publicado por Algaida Editores son nada menos que la construcción de “un mundo mejor, más justo, más tolerante, más plural y más solidario”. En el mismo manual podemos leer cómo la democracia no solo es un sistema de gobierno, sino que se convierte en “un mecanismo permanente para construir la sociedad en la que vivimos”. De hecho, según el referido texto de Algaiba, la democracia es “un modo de vida y un proceso inacabado que hay que extenderlo por todos los sitios donde se desarrollan las actividades humanas”.

Jaime Urcelay, abogado, profesor universitario y presidente de Profesionales por la Ética, ha estudiado a fondo los manuales de esta nueva asignatura y su valoración de los mismos resulta muy iluminadora. “Efectivamente, los currículos obligatorios de EpC -afirma para ALBA- se refieren explícitamente a la democracia como “una forma de vida”. Las instituciones y los procedimientos democráticos se convierten en la fuente del bien y el mal”.

Ante esta singular concepción de la democracia, Urcelay nos explica su rechazo: “La democracia no es un sistema completo de vida; es una forma de organizar la convivencia política. Si se la priva de una referencia moral previa y permanente, degenera en la tiranía de la matemática electoral y el oportunismo de los pactos políticos. La democracia, así entendida, termina por ser una forma de totalitarismo que representa una amenaza directa contra los derechos fundamentales de las personas”.

Otro ejemplo. El manual de EpC de la editorial Everest abunda en la misma concepción de democracia “moralizante” denunciada por Urcelay: “Democracia no es solo un sistema de gobierno, es mucho más, es un sistema de convivencia y organización social, es una forma de vida. Deberíamos democratizar nuestra vida, y aplicar a nuestras relaciones diarias aquellos valores en los que se apoya el sistema democrático: pluralismo, igualdad, tolerancia, justicia, libertad, diálogo, respeto, corresponsabilidad, participación…”.

Animales estatales

Ante este enfoque, Dalmacio Negro, catedrático emérito de Ciencia Política, se rebela: “Sólo existe una moral universal, que es la moral natural. Luego las religiones la precisan o concretan según las circunstancias de tiempo y lugar, configurándose así el espíritu de las distintas civilizaciones. La misión de los gobiernos no consiste en inventar o imponer una moral, sino en conducir los asuntos políticos de acuerdo con el espíritu de los gobernados. Imponer políticamente, es decir, coactivamente, una determinada moralidad es el comienzo de la tiranía”.

Inquietante, por decir poco, son las funciones que se atribuyen al Estado en los manuales de EpC. En la editorial Edelvives leemos que un “Estado democrático”, en realidad es, fundamentalmente, un “Estado justo y solidario”, y el libro de Algaida afirma que “el Estado tiene la responsabilidad de garantizarnos los derechos y bienes más vitales a lo largo de nuestras vidas”. El manual de la Editorial Editex incluso va más lejos al asegurar que “en los países democráticos, el Estado se ha convertido en una herramienta esencial para buscar el bienestar de todos los miembros de la sociedad”.

Negro, tras leer varios de estos libros, comenta que “albergan la idea de que las sociedades deben ser tratadas como hormigueros o colmenas, para lo que es preciso que los súbditos sean conformistas, una suerte de ‘animales estatales’, como decía Federico el Grande de sus súbditos. En definitiva, el Estado como un gran granjero que administra la sociedad como una granja bien ordenada en la que todos son infantilmente iguales”.

La editorial McGraw-Hill incluso hace afirmaciones tan taxativas como que “la distribución de los bienes, las riquezas y los servicios deja mucho que desear” y que “evidentemente, desde el punto de vista de la justicia social, los impuestos directos y progresivos son mucho más justos que los indirectos y proporcionales”. Estos manuales incluso se lanzan a reformular por completo los conceptos políticos más elementales. En el libro de la editorial Laberinto leemos que la soberanía popular “significa que la autoridad suprema de un país corresponde al pueblo: que son los ciudadanos los que tienen la última palabra sobre el destino de la nación”.

Urcelay nos explica que “este es el ejemplo de cómo las palabras son desprovistas de su significado para convertirse en vehículos de un transbordo ideológico, que pasa inadvertido a la inmensa mayoría. La “soberanía”, que debe ser entendida como la necesaria instancia última de poder para la organización de la convivencia política, se convierte en EpC en un concepto absoluto y prácticamente ilimitado que, al ser transferido a los gobernantes a través de los procedimientos democráticos, permite al Estado dirimir no sólo cómo se gobierna sino incluso qué es bueno y qué es malo en términos morales”.

De momento, todavía podemos leer Un mundo feliz como lo que es: una novela. Pero tras este breve repaso a los libros de texto que estudian los alumnos españoles en las aulas de sus colegios nos asalta la duda de si la utopía soñada por el Huxley no habrá comenzado a cuajar ya en suelo ibérico.