Comenzamos una serie de reflexiones sobre la crisis, económica y de valores, por las que estamos transitando. En esta primera entrega intentaremos dar una visión, si bien de forma sucinta, de los antecedentes que las han precedido y que, sin duda, han fomentado su aparición.

Cuando allá por el año 2007 comenzamos a sentir los primeros síntomas de la crisis que, aún hoy, lejos de haberse superado, parece que, pese a todos los parches que se le han ido poniendo, sigue sin tocar fondo, muchos insignes -políticos, de todo el espectro, periodistas y toda una serie de tertulianos, que de todo sabían y saben, salidos como hormigas de un hormiguero-, se apresuraron, a tranquilizar al asustado ciudadano de a pie, unos y, quién sabe si para continuar con sus trapicheos y “malas artes” en el manejo de los dineros de todos –y aquí no distingo entre políticos, de todo signo, sindicalistas y ciertos prohombres con entidad en la marcha financiera y empresarial del país-, otros; sin que con ello, evidentemente, se quiera decir que todos los señalados son merecedores de la misma sospecha. Pues bien, corre el año del Señor de 2013 y nos encontramos, no sólo, como decía, con que seguimos sumidos en una profunda crisis, sino que, además, estamos, día sí, día también, viendo cómo salen a la luz casos y más casos de corrupción, que afectan a todos los que, de alguna forma, deberían ser los que, con su buen hacer y mejor ejemplo, nos gobernasen y guiasen por el camino de salida de la misma, poniendo los cimientos de una prosperidad duradera para todos, sin distinción.

Lo que se desprende, a mi entender, de todo lo anterior no hace más que certificar los hechos y es que la crisis que sufrimos, además de económica, es de valores; siendo así que ésta, quizá, empezó a generarse mucho antes y que ha sido la causa primigenia de la otra. El afán de lucro desmedido, de parte de unos; alentado, a veces, desde la propia Administración; el despilfarro y falta de firme consistencia en las decisiones sobre el gasto público, en otros y, en definitiva, la molicie de todos, dando por bueno todo lo se nos proclamase –no siempre bien explicado, ni del todo conocido-, siempre que no afectase a nuestro “¿estado de bienestar?” -leyes de educación, unas cuantas desde hace algunas décadas, donde el mérito y el esfuerzo son algo menospreciado e, incluso, hasta poco conveniente, en aras de una aparente igualdad de oportunidades, donde lo que se iguala, entre otros desatinos y yerros, es el desprecio por la autoridad del maestro (¡qué gran palabra, MAESTRO!), y en este naufragio no nos olvidamos de que, tanto el PSOE, impulsor principal de las mismas, y el PP, partido que tuvo ocho años para cambiar y ahora ya lleva dos y sigue en las mismas, son igual de responsables. Por no adentrarnos en otras, no menos erradas, tanto en política interior como exterior-, nos ha llevado a este estado de irritación y desánimo del cual va ser tanto más difícil salir cuanto más dejemos pasar el tiempo sin establecer los remedios adecuados, no los parches acostumbrados –“quítate para ponerme yo”, o lo que es peor, el manido y consabido “….y tú más”- por los que hemos apostado y seguimos apostando; mientras, la herida por la que se desangra España y lo mejor de su historia, sigue abierta. ¿Hasta cuándo?

Marcos Antonio Galiana Cortés