El haber podido estar en los actos de la beatificación de Juan Pablo II ha sido una gracia y una alegría muy grande, y nos hemos sentido muy unidos a toda la Iglesia.

El sábado participamos en la Vigilia donde hablaron de él con gran cariño la religiosa que ha sido curada por su intercesión y el cardenal de Cracovia. Después rezamos el Rosario unidos a varios santuarios marianos conectados por cámaras web: desdFoto beatificacióne Czestochowa, Méjico y Fátima, hasta Tanzania, viviendo muy de cerca la universalidad de la Iglesia.

El domingo, en la Misa de beatificación, había tantos fieles que apenas pudimos llegar hasta el puente del castillo Sant Angelo. La pantalla más cercana quedaba bastante lejos, pero pudimos seguir la misa gracias a la generosidad de los técnicos de una televisión italiana, que sacaron a la calle el televisor donde controlaban la transmisión, en torno al cual estuvimos un grupo de personas de distintos países.

Por la noche, vino el momento más querido: después de unas cuantas horas de cola, llegamos ante el féretro de Juan Pablo II. Nos dejaron quedarnos rezando un buen rato en uno de los lados, y pedí especialmente por vosotros, todos los amigos.

El último gran regalo ha sido una magnífica y conmovedora exposición sobre toda su vida -coordinada por el propio Benedicto XVI, como homenaje a su antecesor y amigo-: objetos personales, fotos, muchos videos, documentos, muchos inéditos hasta ahora.

Además hemos visto cómo Roma sigue siendo el corazón del cristianismo, que late lleno de vida. Hemos visitado la Iglesia y la casa de San José de Calasanz, participado en la misa en las iglesias de los jesuítas, S Ignacio y en el Gesú, donde se encuentran el cuerpo de San Ignacio y el brazo de San Fancisco Javier. Otro día lo hemos hecho en la Iglesia de la Divina Misericordia.

Carmen Gómez de Agüero