Jose Miguel Serrano Ruiz Calderón

En su último estertor, el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, anunció el domingo en el programa de televisión Con H de Eva de La Sexta que el proyecto de ley de «muerte digna» será aprobado por el Gobierno “en cuestión de días”.

En medio de un continuo vaivén de plazos, parece confirmarse así que el Gobierno socialista se propone dar el primer paso en la legislación nacional hacia lo que el Profesor José Miguel Serrano (en la imagen) calificaba el sábado en el diario La Razón como «una pendiente que conduce al homicidio intencional con coartada humanitaria».

«El medio  -explicaba el Profesor Serrano en su columna-  consiste en desviar la atención de los verdaderos riesgos y en invertir la moralidad. En sentido estricto, el riesgo de la vida desfalleciente es la falta de cuidado y su eliminación, la conducta moral es precisamente la atención. Por el contrario, parece que ahora el Estado sostiene que el riesgo es que unos médicos sádicos inviertan demasiados recursos en hacer sufrir a un paciente (…) y la conducta moral es la de quien se libra, con todas las bendiciones legales, de la presencia de quien inevitablemente es un fardo».

Por su parte el diario ABC dedicaba este fin de semana, bajo el título «Calidad de vida hasta el final«, un impresionante reportaje a los cuidados paliativos integrales en el hospital Laguna de Madrid. Una de esas realidades que parecen no contar para el Gobierno y que sin embargo representan, como expresa uno de los entrevistados en el reportaje, la respuesta verdaderamente humana al desafío de la muerte: «cuando no se puede curar, lo que queda es cuidar lo mejor posible del paciente».

En relación también con este nuevo proyecto socialista, la plataforma Derecho a Vivir, a la que está adherida Profesionales por la Ética, anunciaba ayer la creación de un grupo de expertos para el seguimiento de dicho proyecto.

Por su interés reproducimos seguidamente el texto completo de la mencionada columna de opinión del Profesor Serrano, que lleva por título «Política de Estado al final de la vida», y el reportaje del diario ABC, firmado por M.J. Pérez-Barco, «Calidad de vida hasta el final«.

Leer en HazteOir.org «DAV crea un grupo de seguimiento de la ley de muerte digna»

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POLÍTICA DE ESTADO AL FINAL DE LA VIDA

José Miguel Serrano

(La Razón, 07/05/2011)

Si aceptamos la afirmación de que los ideólogos del actual estado más que buscar súbditos lo que pretenden es encontrar  cómplices, entenderemos bastante de lo que acontece con la variedad de normas en torno a lo que ellos llaman «muerte digna» que han aparecido en varias regiones y ahora amenaza en la legislación nacional. Aun abandonándose el rótulo de «muerte digna» que tantas suspicacias  despierta, con razón, entre nuestros ciudadanos más vulnerables, los progresistas han venido con varias constantes que muestran que las actuales legislaciones son un primer paso en una pendiente que conduce al homicidio intencional con coartada humanitaria.

Así se abandona la vigilancia técnica sobre la sedación. Lo relevante no es ahora si es contraindicada o excesiva, ya la Fiscalía primero y los tribunales después a través del método de la prueba imposible habían convertido estas conductas de facto en impunes lo relevante será si es reclamada como un derecho por un paciente y la discusión no será indicación o no, sino concesión del derecho o negación del mismo. Así se entiende la aversión a la objeción de conciencia que parece como una negación, como en el caso del aborto, a un legítimo deseo individual.

La falsedad de este derecho se prueba en su conveniencia. Se reivindica retóricamente la autonomía de sujetos que apenas pueden ejercerla para imponer una política de estado que sustituye la atención piadosa por la abstención piadosa, por decirlo suavemente.

Ya la primitiva redacción de la norma andaluza avisaba que determinadas acciones o abstenciones no eran ya objeto de análisis deontológico, sino que se insertaban o no en una nueva ideología de la falta de atención sanitaria.

El medio consiste en desviar la atención de los verdaderos riesgos y en invertir la moralidad. En sentido estricto, el riesgo de la vida desfalleciente es la falta de cuidado y su eliminación, la conducta moral es precisamente la atención. Por el contrario, parece que ahora el Estado sostiene que el riesgo es que unos médicos sádicos inviertan demasiados recursos en hacer sufrir a un paciente (estos médicos siempre tan dilapidadores) y la conducta moral es la de quien se libra, con todas las bendiciones legales, de la presencia de quien inevitablemente es un fardo. Basta ver las moralizaciones que se realizan en el nivel internacional de las conductas de homicidas por compasión, mientras se oculta en rostro de quienes durante años atienden, cuidan y mantienen a algún ser querido o a quien ha sido puesto bajo su tutela y cuidado. Por eso no es exagerado que la Fundación Ángel Herrera haya denominado «Asaltos a la vida humana» sus jornadas  sobre eugenesia y eutanasia que están teniendo lugar en Valencia.

http://www.larazon.es/noticia/3671-politica-de-estado-al-final-de-la-vida-por-jose-miguel-serrano

CALIDAD DE VIDA HASTA EL FINAL

M.J. Pérez-Barco

(ABC, 08/05/2011)

Tres fotografías de sus nietos lucen en la habitación de don José. Son su orgullo e ilusión. Llegó hace casi un mes al hospital de cuidados paliativos Laguna de Madrid. «Venía hecho polvo», dice. «No podía ni hablar», detalla su mujer María Blanca, que no se separa de él ni de noche ni de día. «Me duelen los huesos, la próstata y los riñones. Uno casi no me funciona y estoy lleno de drenajes». «Son tatuajes», le bromea su esposa. Desde entonces, ha mejorado. El dolor se ha moderado, se mitiga poco a poco con la medicación. Ya se levanta de la cama al sillón. «Y come mejor, antes ni siquiera comía. Mi hija le trae tortillas de patatas. Tenemos una nevera que parece de juguete. Pero yo meto ahí mis cosas y me apaño», cuenta la dulce María, que no deja pasar detalle en el cuidado del hombre con el que lleva casada casi 50 años.

Don José es consciente de que sufre una enfermedad que no tiene cura. «Llevo siete años con ella. Aquí he mejorado cien por cien. Hay tranquilidad y silencio. No como en el hospital, que había mucha gente. No me queda más remedio que seguir adelante».

Como don José, cerca de 250.000 personas se ven en esta situación cada año en nuestro país. Y mirar de frente a la muerte no es nada llevadero. «La mitad de esos enfermos, que no sufren síntomas difíciles, son atendidos por médicos de familia y especialistas. Pero la otra mitad necesita una atención especializada», explica el presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, Javier Rocafort. Sin embargo, las 420 unidades de cuidados paliativos que existen no dan abasto. «Y aunque están bien dispuestas geográficamente, hay problemas de acceso. Pacientes que se encuentran en pueblos a más de 60 kilómetros, los niños tienen más dificultades para acceder, y a estas unidades falta dotarlas de más profesionales», dice Rocafort. Al final, «cerca de 60.000 enfermos—afirma—, con graves síntomas y dolencias, no tienen la atención integral que precisan».

«Un derecho»

No es de extrañar que muchos profesionales sanitarios estén preocupados por la polémica Ley de Cuidados Paliativos y Muerte Digna, cuyo texto aprobará este mes el Gobierno. La ministra de Sanidad, Leire Pajín, avanzó recientemente que esta norma tratará de mejorar la calidad y acceso a los cuidados paliativos, «un derecho de la ciudadanía y no un privilegio».

Don José es uno de los afortunados, una de las 500 personas que cada año son atendidos en el hospital Laguna. Es el único centro sociosanitario de cuidados paliativos en nuestro país. Hay otro en Benalmádena, pero solo se ocupa de enfermos de cáncer en su fase más avanzada. Un equipo multidisciplinar de médicos, enfermeras, psicólogos, terapeutas, trabajadores sociales, fisioterapeutas y hasta un capellán intenta aliviar el dolor de estos pacientes. No sólo se cuidan los síntomas físicos con tratamientos no agresivos —lo último es la sedación—, también se atienden los peores miedos, los anhelos y angustias, siempre acompañados en ese camino hacia el final.Sencillamente, se trata de morir en paz.

Son muy pocos los que pueden mirar a la muerte de frente y seguir esbozando una sonrisa. Rosario está en ello. Plena de caricias y besos —«los besos no se cobran, son gratis», dice—, conserva su buen humor, entristecido cuando alaba a la doctora que la cuida: «Es muy cariñosa, todos lo son». Entonces, quiebra la voz. «Lo que tengo no se va a curar». Y su sobrina la abraza.

Martín es otro de los pacientes, que se pasea en silla de ruedas de un lado a otro esquivando al fotógrafo. Mientras, su mujer, Uli, hace ganchillo frente al ventanal. Rosario le invita: «Ven. Hazte una foto conmigo». Aquí se respira la cotidianeidad de un hogar con su familia. Un día a día en el que la muerte parece que no está presente.

«Su época más feliz»

No todos quieren hablar. Y los médicos tampoco desean que se perturbe la tranquilidad de estos pasillos, salas y habitaciones. A veces es el psicólogo quien aconseja: «Quizá otro día».

Amelia hace dos años que se fue por un cáncer de mama. Su recuerdo está presente en la memoria de su hermana Teresa como si hubieran estado juntas ayer. Pero no es un recuerdo amargo. «Ella sabía que era su final —dice entre lágrimas y con una suave sonrisa— y, sin embargo, fue la época más feliz de su vida». Los oncólogos le pronosticaron tres meses de vida. Pero la fuerte Amelia superó las expectativas y vivió seis meses más. «Por los cuidados que recibió en este hospital», insiste. «Desde la mujer de la limpieza hasta el capellán, todos fueron muy cariñosos. Y no fue necesario la sedación, porque aquí saben cómo atajar el dolor. Por eso, pudo disfrutar de la vida en sus últimos días». Teresa no repara en halagos: «Tuvo calidad hasta el final. Sabía que se moría pero no estaba desamparada, ni metida entre cuatro paredes, donde le ponen una inyección y le dan de comer. En su habitación no faltaba una cestita de frutas y caramelos para agasajar a las visitas».

No se olvidan los detalles, las pequeñas cosas que dan sentido a la vida. Un paciente, un ingeniero peruano, logró su sueño de exponer sus pinturas en un espacio habilitado en el centro y un cuadro con un motivo inca sirve de aliciente ahora a todos colgado en un pasillo. Otra paciente con cáncer anhelaba morir rubia. Así que un día la peluquera le tiñó el pelo, castigado por la quimioterapia, de su color preferido. Otro enfermo logró el deseo de ver en el campo a su Atlético de Madrid. «Es muy duro atender a una persona que puede morir en cinco minutos y regalarle una sonrisa. Eso no lo regula una ley. Benditas las personas», afirma Teresa.

En este hospital no son ajenos a los cambios con la nueva ley cosas. «Solo me importa el paciente, que fallezca bien, y la familia. La ley es otro foro», declara Lourdes Corredera, trabajadora social que cada día se pelea por lograr recursos y agilizar trámites.

El factor tiempo es clave. «Tener acceso a la Ley de Dependencia de forma más inmediata ayudaría mucho a las familias», cree Lourdes, que se queja de la continua lucha contra el «muro de hormigón» de las administraciones: «Las familias tienen que dejar de trabajar, las ayudas llegan tarde, no dan facilidades para adaptar las viviendas, camas articuladas, sillas de ruedas… Muchos tienen que endeudarse».

A contrarreloj trabaja Antonio Noguera, subdirector médico. «Los pacientes llegan demasiado tarde. Se alivian los síntomas clínicos pero en el cuidado integral vamos a contrarreloj», explica. Él augura lo que muchos temen: «Si la ley sirve para mejorar los ciudados paliativos será maravilloso, si es una ley para un encuentro de ideologías diferentes será un desastre». «Cuando no se puede curar -añade-, lo que queda es cuidar lo mejor posible del paciente».

http://www.abc.es/20110508/sociedad/abcp-calidad-vida-hasta-final-20110508.html