Ayer vino un pintor a casa a apañar un pedacito de pared que hubo que picar porque había una tubería rota. «Bueno, pues muchas gracias, y que no le falte el trabajo» «pues sí, señora, de momento aguantamos….parece que ha habido hoy buenas noticias de Alemania y que la prima de riesgo mejora» y así empezó la clásica conversación sobre la crisis pero aquel hombre iba más allá y me decía «es que íbamos demasiado deprisa» y se refería a todo, me hablaba de los móviles y de internet, de cómo han invadido nuestra vida y que ya nada puede esperar y nadie sabe ni quiere esperar. No sabemos privarnos de nada y queremos todo y ahora; exactamente lo que le pasa a mi hija de 2 años: lo que yo quiera y cuando yo quiera….. y así lo mismo se pide un crédito para un viaje a Disneyland que para fabricar un hijo.

Y decíamos que todo eso está destrozando al hombre, ya no hay silencio, ni intimidad, no existe el contemplar las cosas y dejar pasar el tiempo disfrutando de lo que miramos y ser felices con lo que tenemos. No hay tiempo, sólo prisas para llegar no se sabe a dónde.

«Yo recuerdo que de niño pasaba horas tirando piedras al río».

Y siempre una falsa máscara de felicidad cuando conseguimos algo más para enseñar, algo que podamos contar porque a veces nuestra vida es un escaparate donde las cosas se tienen o se hacen para que las vean.

Y es que «íbamos demasiado deprisa». Ojalá sepamos aprovechar el frenazo.

Leonor Tamayo