Supongo que ya conocen la metáfora gastronómica castiza: en la vida hay momentos en que todo es cuestión de “huevos fritos con chorizo”, donde se manifiesta la diferencia entre colaborar y comprometerse. Para un buen plato de huevos con chorizo, la gallina colabora, mientras que el cerdo compromete.

En esto de la objeción de conciencia al grupo de Educación para la Ciudadanía nada ha cambiado en la cuestión de fondo: ni la asignatura ni (al menos entre los padres que conozco) nuestros principios. ¿Qué puede hacer que dejemos de objetar en conciencia? A mi modo de entender, tres circunstancias:

  • La falta de respaldo jurídico que el Tribunal Supremo ha provocado con sus recientes 4 sentencias, que afectan a 3 familias asturianas y una andaluza, en lo que al ejercicio del derecho a la objeción de conciencia a esta Educación para la Ciudadanía se refiere.
  • El hecho de que las mencionadas sentencias están empezando a provocar casaciones (sentar jurisprudencia) en los tribunales inferiores, como era de esperar, y cambios de rumbo de las consejerías de educación que dejan desamparados a los objetores.
  • Las nuevas vías que sugiere el máximo Tribunal, y concretamente la vigilancia a adoctrinamientos concretos en todo el sistema educativo preuniversitario español.

Pero seamos justos. Todas las vías siguen siendo lícitas, válidas y responsables. El que desde Profesionales por la Ética animemos, respetemos, ayudemos activamente y reconozcamos todo el enorme valor cívico que supone perseverar en la objeción de conciencia no significa que el que no objete (pero siga a su manera combatiendo por vía de la vigilancia de contenidos u otras acciones) sea menos responsable o comprometido, como la gallina del principio. Todos podemos ser “cerdos”, y perdonen la expresión.

En efecto, la objeción de conciencia en este caso no es un deber moral, es decir no obliga. Hay casos donde sí puede serlo. Concretamente, la resistencia pacífica a cumplir una norma legal que obliga a cometer un mal absoluto (caso aborto, caso adorar a los dioses romanos o reconocer al rey como pontífice de Cristo, entre otros) es no sólo un derecho, sino un deber, al menos para los cristianos. De ahí que tengamos modelos como Santa Inés, San Esteban, San Fructuoso, Santo Tomás Moro, San Pablo Miki o Santa Gianna Beretta, San Maximiliano Kolbe, el cardenal Wisinsky y el cardenal Van Tuan, o los de la Rosa Blanca en el Berlín nazi, entre otros miles. O Gandhi, o Martín Luther King, en ámbitos no católicos. Porque la conciencia está por encima de la ley positiva incluso cuando los tribunales humanos no lo respeten. Por muy supremos que se llamen.

EpC no llega aún a esos niveles, aunque muchos percibamos las consecuencias de la política laicista, relativista y deconstructiva de lo social que la inspira. Por tanto la objeción no puede sugerirse ni mucho menos exigirse como única opción responsable. Nuestros obispos no lo han hecho, y no vamos a ser más que ellos, que en materia de fe y moral sí tienen la autoridad.

Pero lo que tampoco es aceptable es que se acuse al que persevere en su objeción de fundamentalista, de imbécil, de poco razonable o de irresponsable para con sus hijos. Si lo hace es perfectamente consciente de las consecuencias, con libertad y responsabilidad como familia. Los padres objetores ya tienen “callo”, y saben a lo que se exponen. Porque supone perseverar por amor y convencimiento de que es posible un bien superior, a costa de importantes sacrificios en la persona de sus hijos, lo que más quieren. Entre las diversas opciones o escenarios de lucha que se abren ahora, nadie merece ser minusvalorado si lo hace con generosidad y compromiso, pero nadie lo merece menos que los que más se van a jugar en ello. Y se lo van a jugar no por interés propio sino por el bien común, lo que le da un inmenso valor. Serán un icono hermoso de los valores superiores en este mundo escéptico y calculador.

A Profesionales por la Ética nos van a tener a su lado, todos ellos. Entre huevos y chorizo, chorizo, sin duda.

Fabián Fernández de Alarcón