Poco o nada conocemos en España al chileno Alberto Hurtado, el sacerdote jesuita de la primera mitad del siglo XX que fue beatificado por Juan Pablo II en 1994 y canonizado por Benedicto XVI en 2005. Acabamos de celebrar su festividad el pasado 18 de agosto.

Gran apóstol social, quienes trataron a San Alberto Hurtado recurren frecuentemente a la imagen del fuego para describir su vida: «su fuego era capaz de encender otros fuegos».

Es fácil verificarlo así cuando uno tiene la oportunidad de acercarse a sus escritos. Él ardía el fuego de Cristo y ese «fuego devorador» se proyecta en cada una de sus palabras sacudiendo nuestras vidas egoistonas e indolentes. Porque su invitación, como destacan los biógrafos del jesuita, «no era a reservarse y protegerse, sino a darse y consumirse».

Personalmente me ha impacto mucho el librito Un fuego que enciende otros fuegos. Páginas escogidas de San Alberto Hurtado, regalo de un querido amigo y correligionario chileno, incondicional de su santo compatriota. Y como aquel que sabe que ha recibido un tesoro, lo que me sale es compartirlo. En primer lugar, invitando a nuestros amigos de este blog de Profesionales por la Ética a que conozcan la vida y la obra del P. Hurtado, para lo cual disponemos del excelente sitio oficial del Centro de Estudios y Documentación ‘Padre Hurtado‘ de la Pontificia Universidad Católica de Chile: www.padrehurtado.com.

 Y en segundo lugar, publicando aquí, a modo de muestra, un texto que me ha parecido especialmente actual y oportuno. Se titula «El hombre de acción» y corresponde a una reflexión personal fechada en noviembre de 1947:

I. Virtudes del hombre de acción

Hay que llegar a la lealtad total. A una absoluta transparencia, a vivir de tal manera que nada en mi conducta rechace el examen de los hombres, que todo pueda ser examinado. Una conciencia que aspira a esta rectitud siente en sí misma las menores desviaciones y las deplora: se concentra en sí misma, se humilla, halla la paz.

Debo considerarme siempre servidor de una gran obra. Y, porque mi papel es el de sirviente, no rechazar las tareas humildes, las ocupaciones modestas de administración, aun las de aseo… Muchos aspiran al tiempo tranquilo para pensar, para leer, para preparar cosas grandes, pero hay tareas que todos rechazan, que ésas sean de preferencia las mías. Todo ha de ser realizado si la obra se ha de hacer. Lo que importa es hacerlo con inmenso amor. Nuestras acciones valen en función del peso de amor que ponemos en ellas.

La humildad consiste en ponerse en su verdadero sitio. Ante los hombres, no en pensar que soy el último de ellos, porque no lo creo; ante Dios, en reconocer continuamente mi dependencia absoluta respecto de Él, y que todas mis superioridades frente a los demás provienen de Él.

Ponerse en plena disponibilidad frente a su plan, frente a la obra que hay que realizar. Mi actitud ante Dios no es la de desaparecer, sino la de ofrecerme con plenitud para una colaboración total.

Humildad es, por tanto, ponerse en su sitio, tomar todo su sitio, reconocerse tan inteligente, tan virtuoso, tan hábil como uno cree serlo; darse cuenta de las superioridades que uno cree tener, pero sabiéndose en absoluta dependencia ante Dios, y que todo lo ha recibido para el bien común. Ese es el gran principio: Toda superioridad es para el bien común (Santo Tomás).

No soy yo el que cuenta, es la obra. No achatarme. Caminar al paso de Dios. No correr más que Dios. Fundir mi voluntad de hombre con la voluntad de Dios. Perderme en Él. Todo lo que yo agrego de puramente mío, está demás; mejor, es nada. No esperar reconocimiento, pero alegrarse y agradecer los que vienen. No achicarme ante los fracasos; mirar lo que queda por hacer, y saber que mañana habrá un nuevo golpe, y todo esto con alegría.

Munificencia, magnificencia, magnanimidad, tres palabras casi desconocidas en nuestro tiempo. La munificencia y la magnificencia no temen el gasto para realizar algo grande y bello. Piensa en otra cosa que en invertir y llenar los bolsillos de sus partidarios. El magnánimo piensa y realiza en forma digna de la humanidad: no se achica. Hoy se necesita tanto, porque en el mundo moderno todo está ligado. El que no piensa en grande, en función de todos los hombres, está perdido de antemano. Algunos te dirán: «¡Cuidado con el orgullo!… ¿por qué pensar tan grande?». Pero no hay peligro: mientras mayor es la tarea, más pequeño se siente uno. Vale más tener la humildad de emprender grandes tareas con peligro de fracasar, que el orgullo de querer tener éxito, achicándose.

Grandeza y recompensa del militante en el gran combate que libra: sobrepasarse siempre más en el amor… ¿El éxito? ¡Abandonarlo a Dios!

(Continuará)

 Jaime Urcelay