El otro día tuve la oportunidad de aprender algo sobre la filosofía personalista y entre otras muchas cosas me llevé una sorpresa al enterarme de que uno de los temas que incorpora en precisamente uno de mis favoritos, la identidad femenina.  Y nos contaban cómo la neurociencia está demostrando ahora aquello sobre lo que filósofos personalistas como Julián Marías o Edith Stein han escrito tanto y que siendo algo como de Perogrullo, ahora hay que demostrar porque la ideología de género lo ha negado y esa negación de la evidencia ha calado en la sociedad: que los hombres y las mujeres somos distintos y  cómo somos distintos y complementarios.

Y  porque somos distintos y complementarios es necesario que ambos participemos activamente en la sociedad, en la política, en la familia y en el mundo laboral -con absoluta libertad de elección y de implicación en cada campo, por cierto-. No se trata de reivindicar cuotas ridículas y profundamente discriminatorias o igualdades que son imposibles porque no somos iguales, es mucho más simple y mucho más bonito; es sencillamente que la sociedad necesita al hombre y a la mujer para conducirse adecuadamente porque si no le falta una pata, está incompleta y no puede funcionar igual. Es necesaria la visión lineal del hombre y la de conjunto de la mujer. Es necesario que haya quien sea capaz de separar y aislar y quien vea siempre un todo. Es necesaria la objetividad y razonabilidad del hombre y la sensibilidad y la capacidad de personalizar de la mujer.  Es tan necesaria la cabeza como el corazón.

Un amigo mío que tiene tres hijos pequeños, cuando alguno llora porque se ha caído y se ha hecho un micro rasguño, o es tremendamente desgraciado porque se le ha roto la hoja y ve cómo su mujer les consuela y ayuda con todo cariño y dedicación mientras él mira escéptico, siempre dice «¡qué sería del mundo si no hubiese madres….!»

Y porque somos distintos y complementarios,  el matrimonio se compone de un hombre y una mujer. Porque es necesario que cada uno aporte su identidad, su visión, su manera de ver y de entender la vida y afrontar los problemas y las alegrías. Porque el equilibrio se logra poniendo lo que cada uno aporta en un lado de la balanza.

Porque igual que el mundo sería un espanto sin madres, ¡también lo sería sin padres!

Leonor Tamayo