Bosque de Granada

«La igualdad es un ideal muy prestigiado desde que Danton lo unió a la libertad y la fraternidad en el viejo lema de la Revolución Francesa, pero, como todas las palabras que se convierten en mitos, su contenido resulta bastante difuso y manipulable, pues aquello que todos creemos saber es lo que necesita ser pensado y dilucidado más atentamente».

Con este párrafo comienza Francisco Rodríguez Barragán en «El Guadalope» un interesante comentario sobre el malentendido de «la igualdad», una aspiración irrenunciable para la dignidad humana sobre la que, sin embargo, se ha construido en nuestro tiempo un mito cultural y político que sirve de base al creciente dominio por el Estado de la vida social.

Reproducimos a continuación el texto completo de «Iguales y diferentes».

IGUALES Y DIFERENTES

Francisco Rodríguez Barragán

(El Guadalope Bajoaragonés 30/05/2010)

La igualdad es un ideal muy prestigiado desde que Danton lo unió a la libertad y la fraternidad en el viejo lema de la Revolución Francesa, pero, como todas las palabras que se convierten en mitos, su contenido resulta bastante difuso y manipulable, pues aquello que todos creemos saber es lo que necesita ser pensado y dilucidado más atentamente.

La revolución de 1789 quería terminar con los privilegios de unas clases sobre otras, por lo que formuló el principio de igualdad ante la ley que reconoce que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones. Pero dado que en la realidad no todos los ciudadanos se encuentran en situaciones idénticas, la verdadera igualdad tendría que tratar desigualmente a los desiguales, en cuyo momento empiezan los problemas.

Hay políticas que pretenden igualar a los ciudadanos por decreto y el resultado es nefasto, pues se iguala al nivel más bajo y se yugula el camino del esfuerzo y la excelencia. Los capaces, los emprendedores, los mejores, se desaniman y se pierden, o se marchan a otro sitio. Los astutos, los listillos, aprovechan el sistema para copar los puestos políticos en los que no se premia la excelencia sino la adhesión. Es un sistema que necesita mantener el control de todo, empezando por la enseñanza, para mantener a los ciudadanos en una situación de creciente dependencia del poder del Estado. Se produce entonces la máxima desigualdad entre la casta dirigente, los partidos, próximos siempre al poder financiero, y el resto de los ciudadanos.

Este poder igualitarista es decididamente intervencionista, no cree en la sociedad ni le permite que actúe libremente. Decide sobre nuestras vidas, nuestras familias, la educación de nuestros hijos, la asistencia sanitaria, el trabajo, el salario, los impuestos, mientras que no deja de hablar de derechos sociales, de nuevos derechos, de libertad para casarse o descasarse, para gozar del sexo sin responsabilidad, pero al llenarlo todo con su acción política y su propaganda, olvida el sano principio de subsidiariedad por el que el Estado no debe hacer lo que pueden hacer los ciudadanos por sí mismos.

Hablan de educación para la ciudadanía pero esta educación no se enfoca a que los ciudadanos organicen la educación, la sanidad, la vida municipal o las relaciones de trabajo como tengan por conveniente. Tenemos que ser conscientes de que a cambio de  alcohol y sexo, como placebos de libertad, estamos permitiendo que el Estado dirija nuestras vidas.

Ahora que el tinglado se tambalea por el fallo de la economía del despilfarro, la corrupción y la ausencia de valores, sería el momento de despertar  y rechazar toda política intervencionista e igualitarista, venga del partido que venga, para ser una sociedad de hombres libres y responsables, sin tutores políticos que vivan a nuestra costa, desmembrando España en autonomías.

Necesitamos políticos que entiendan lo que es servir a los que dicen representar  y a los que se pueda pedir cuentas de lo que hayan hecho con nuestro dinero. Necesitamos una justicia independiente e imparcial, capaz de hacer efectivo el viejo principio de la igualdad ante la ley. Necesitamos una enseñanza de calidad que premie el esfuerzo y el mérito y que sirva como motor de nuestra economía. Necesitamos emprendedores que presten un servicio al bien común en lugar de listos que se lucran de las necesidades ajenas gracias al cohecho y al soborno. Necesitamos entidades financieras que tengan ganancias, pero no socialicen sus pérdidas a costa de los demás cuando se equivoquen.

Necesitamos trabajar cada día en los valores comunes que nos unen como españoles, sumando sus diferencias y peculiaridades, para acabar de una vez con todo aquello que nos divide, que nos separa, que nos enfrenta, que nos hace desiguales.

Salir de este enorme bache, del que está pendiente toda Europa, exige el esfuerzo de todos, pero el despido de los gestores que nos han llevado a la ruina, como haría cualquier empresa con sus administradores ineficientes.

http://elguadalope.es/2010/05/30/iguales-y-diferentes/#comments