Pues aquí seguimos recorriendo la encíclica Laudato Si. Como ya hicimos en la primera entrada dedicada a este documento pontificio, no pretendemos hacer un análisis exhaustivo sino una aproximación sobre los aspectos que más nos han llamado la atención.

En el segundo capítulo de la encíclica, El Evangelio de la creación, el Papa hace un canto a la dignidad de cada persona recordando que cada ser humano “es creado por amor, hecho a imagen y semejanza de Dios”. Citando a San Juan Pablo II, recuerda que “el amor especialísimo que el creador tiene por cada ser humano le confiere una dignidad infinita” y que “quienes se empeñan en la defensa de la dignidad de las personas pueden encontrar en la fe cristiana los argumentos más profundos para ese compromiso”.

Francisco también desgrana los argumentos bíblicos y teológicos a favor de toda criatura, fruto del amor y la sabiduría de Dios y signo del amor de Dios hacia la humanidad, que nos regala el suelo, el agua, las montañas.

Sin embargo, el pontífice argentino se desmarca de los ecologismos radicales al denunciar la “obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana” mientras se lucha por otras especies olvidando la defensa de la igual dignidad entre los seres humanos. Así, afirma:

Es verdad que debe preocuparnos que otros seres vivos no sean tratados irresponsablemente. Pero especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros.

Junto a ello, la condena del maltrato animal y el ensañamiento con cualquier criatura, citando el Catecismo, como “contrario a la dignidad humana”.

Y parte del respeto a la Creación, a la dignidad de los seres humanos, es el respeto y la promoción de los “derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos”. Conviene recordar que para la Doctrina Social de la Iglesia no basta la defensa de los derechos individuales sino que fomenta también los colectivos sin olvidar la prioridad de la persona humana.

Y entre los derechos, citando a Juan Pablo II, recuerda la encíclica que, dado que el titular último de la Tierra es Dios, sobre la propiedad privada grava siempre “una hipoteca social, para que los bienes sirvan a la destinación general que Dios les ha dado” y no estén solo al servicio de unos pocos.

Concluye este segundo capítulo de la Laudato Si recordando el señorío de Cristo sobre toda la creación, otorgando a todas las criaturas de este mundo un carácter especial envuelto por la “presencia luminosa” del Resucitado.

El final de este segundo capítulo me trae a la memoria las imágenes gigantescas de Cristo con los brazos extendidos abrazando a toda la humanidad y, según nos recuerda el Papa, expresando su dominio amoroso sobre la realidad entera. Esa es la realeza de Cristo que la Iglesia celebra al final del año litúrgico, en la festividad de Jesucristo Rey del Universo.

Teresa García-Noblejas