Pues aquí seguimos desgranando la exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia y mientras leía el capítulo segundo (Realidad y desafíos de las familias) he pensado que el contenido de este apartado no iba a ser titular en ningún periódico. ¿Qué interés tiene la realidad que describe el Papa para nuestras sociedades hedonistas y aceleradas en las que todo tiene un precio? ¿Creen que algún telediario va a iniciar su edición reconociendo la «gran admiración a las familias que aceptan con amor la difícil prueba de un niño discapacitado»?

¿A quien le importa que «las familias den a la Iglesia y a la sociedad un valioso testimonio de fidelidad al don de la vida»?¿O qué «la atención dedicada tanto a los migrantes como a las personas con discapacidades es un signo del Espíritu»?

Cosas de un anciano Papa que afirma con rotundidad que «la eutanasia y el suicidio asistido son graves amenazas para las familias de todo el mundo. La Iglesia, mientras se opone enormemente a estas prácticas, siente el deber de ayudar a las familias que cuidan de sus miembros ancianos y enfermos».

Sin embargo, la apuesta de Francisco por la familia natural es clara: si a esta se la debilita, la maduración de las personas, el cultivo de los valores comunitarios y el desarrollo ético de las ciudades y de los pueblos resultan perjudicados.

Y aún más, el Papa se atreve a desafiar a la cultura dominante proclamando que «sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad». Esta última frase, políticamente incorrecta, pone al Papa en la picota y si no le han calificado ya de «homófobo» es porque no se han leído la exhortación.

Teresa García-Noblejas