Si quieren un  buen libro para las próximas vacaciones, no dejen de buscar «Juan Pablo II. El final y el principio» del politólogo norteamericano George Weigel, cuya versión en español acaba de editar Planeta.

Beatificación JPII

La personalidad, la vida y el magisterio del Beato Juan Pablo II son un manantial inagotable de orientación e impulso. Y Weigel conoce y sabe presentar como casi nadie los datos y las claves que más necesitamos en estos momentos complejos que nos ha tocado vivir. Además, esta obra incluye sensacionales revelaciones sobre los desesperados intentos de comunismo para destruir la obra, la reputación -y la vida misma-  de Juan Pablo II, lo que la da aun mayor interés.

Estoy disfrutando muchísimo con la lectura del libro y esta mañana me ha dado que pensar un episodio de la etapa en que Karol Wojtyla, siendo ya arzobispo de Cracovia y en plena operación de la Ostpolitik de la burocracia vaticana, retaba al régimen comunista polaco con la defensa irreductible de los derechos humanos de todos. Un anticipo de la que sería después una de las claves de su extraordinario pontificado.

Los comunistas estaban decididos a erradicar las demostraciones públicas de piedad católica y, como destaca Weigel, Wojtyla aprovechaba los grandes eventos religiosos en su lucha por conseguir espacio; «espacio para que la Iglesia fuera lo que era, espacio para que Polonia fuera lo que era, en un país donde el régimen trataba de ocupar todo el espacio público».

Uno de estos momentos fue la procesión del Corpus Christi del año 1971. Año tras año el régimen comunista aumentaba su presión sobre los cientos de miles de personas que se congregaban, tratando de separar las nociones de catolicismo polaco y patriotismo polaco. El cardenal arzobispo, cuenta Weigel, aprovechó para rechazar vigorosamente esta maniobra: «Somos los ciudadanos de nuestro país, los ciudadanos de nuestra ciudad, pero somos también un pueblo de Dios que tiene su propia sensibilidad cristiana (…). Seguiremos exigiendo nuestros deberes (…). ¡Exigiremos!». Tres años después, Wojtyla insistió ante la gran multitud: «¡No somos de la periferia!».

El gesto es de por sí expresivo de una actitud de compromiso y amor a la verdad más allá de cualquier componenda. Pero hay en estas palabras dos ideas cuya reflexión me parece especialmente necesaria.

La primera es que los católicos estamos llamados a ser fieles al Evangelio -pueblo de Dios-  y a la vez ciudadanos responsables  -con todas sus consecuencias- como integrantes de una comunidad humana concreta. Las dos a la vez y las dos de manera plena. No somos la «periferia».

Y segunda idea: para un católico el ejercicio de su condición de seguidor de Cristo y a la vez de ciudadano no es sólo un derecho… ¡es un deber que tenemos que exigir!

Jaime Urcelay